Por Pablo Molina

Vivo en un apartamento de un bloque de pisos, en un barrio muy humilde.

Por fuera no es particularmente bonito, pero está rodeado de parques que, aunque están algo descuidados, parecen conformar un jardín agreste, como los de las mansiones de cuento. Y entre ellos se alza mi manzana como una atalaya solitaria.

Mi piso es solo un segundo y además interior, por lo que es bastante umbrío. Aprovechamos todos los muebles que venían con la casa, por lo que el ordenador y la tele conviven con lámparas viejas y armarios vetustos.

Sin embargo, las ventanas de ambos lados del apartamento nos dan a sendos patios internos, enormes, donde puedes ver a tus vecinos hacer su día a día como si fuera un pequeño pueblo en vertical.

En las noches de otoño e invierno –y también en algunas tardes particularmente desapacibles- el Cierzo pulula entre ambos patios, colándose por cada esquina de la casa. Azota las ventanas, hace crujir la madera de los vanos y silba vehemente en cada esquina. Se deja notar como un fantasma orgulloso y solemne.

Pero ya no queda orgullo ni solemnidad en mi bloque. Hace mucho tiempo que se mudaron a barrios más ricos donde las ventanas aíslan mejor y las vistas solo muestran cuidados jardines traseros. Por ello, el Cierzo languidece con los ancianos que viven en los pisos viejos, y se pasea por los nuevos gruñéndonos a los nuevos inquilinos, recordándonos que él habitaba allí desde mucho antes.

Al principio cuesta acostumbrarse. Inquieta mucho cuando su silbido te quita el sueño en la madrugada, o le escuchas jugar con una lata olvidada el patio al atardecer, cuando se alargan las sombras. En ocasiones también cierra de golpe la puerta de algún vecino descuidado, retumbando por toda el edificio y provocando que todos miremos intrigados por las ventanas.

Sin embargo aprendes enseguida a vivir con él. Sin que te des cuenta se convierte en un compañero más en el piso. Uno de esos que siempre refunfuña por las esquinas, pero que está ahí para hacerte compañías si lo necesitas, y te deja tu espacio cuando quieres soledad.

Llega un día en que su constante ulular te acuna en las noches. Y cuando desayunas, sales al balcón con el café solo para saludarle y notar su caricia helada despertándote. En ese momento el cielo gris ya no te parece tan triste y la maraña de tendederos y desconchados de los patios interiores adquieren cierta belleza hogareña: el rumor de fondo de la vida.

A partir de entonces descubres que lo que realmente te quita el sueño son aquellas casas nuevas, todas iluminadas y relucientes. Esos chalets donde las recias ventanas le han prohibido el paso al cierzo, y donde no hay bosques de tendederos afeando los jardines traseros.

Esos pequeños edificios, que se extienden en panales de barrios clonados, demasiado iguales, demasiado cromados. Donde la gente siempre sonríe, el césped siempre está verde e inmaculado y los meses siempre se parecen.

Y cada vez más gente sueña con mudarse a ellos, encontrar su pequeño nicho de seguridad y ser igual de felices y luminosos. Quizás por eso crece tanto ese tártaro de felicidad, estrangulando por las noches a los barrios humildes. Quizás por eso sus casas ocupan más calles cada día, desterrando de ellas al Cierzo, a las mañanas nubladas y a las hojas caídas.

Ya llegan, las veo desde aquí. Han construido al otro lado del parque.

Se acercan.

 


Pablo Molina desapareció el veintitrés de agosto, poco después de entregar esta redacción para la clase de lengua de la academia de verano. La policía agradecerá cualquier información o indicio que les pueda ayudar a establecer su paradero.
Fue visto por última vez por sus compañeros de academia. Dicen que iba pedaleando en su bicicleta parque a través, camino de las casas nuevas.