Buenas noches.

Les escribo muy emocionado por la pregunta que hizo el otro día el señor Marrón en “Arcontes By Night”. Recuerdo que nos preguntaba como eramos capaces de plantearnos les escritores las obras y desarrollarlas de manera efectiva.

Soy consciente de que en esto hablo por mí, pero seguro que muchos otres se sentirán identificades conmigo.

En mi caso sacrifico pequeños animales. Realmente vale cualquiera que sangre, pero La Cosa Que Susurra suele preferir reptiles e insectos. Los cazo en el patio durante días, los mantengo en el terrario de casa y luego me los llevo al lado del armario, con mi athame y mi silla de Anea (a esta le tengo especial cariño: la tengo desde los ocho años y la he llevado de casa de acogida en casa de acogida).

Al principio matarlos era complicado, sobre todo a los insectos, pero con el tiempo he conseguido muy buena destreza. Lo malo es que muchas veces la voz se hace esperar. Algunas veces unas horas, otras un par de días. Por si acaso siempre llevo conmigo un tupper donde hacer pis y caca.

Siempre me responde. Sale de detrás de los abrigos, como si hubiese una sima muy profunda y oscura. Al principio es un susurro inaudible, como atravesando muchísima distancia, y se corta continuamente por el carraspeo de gargantas polvorientas.

Pero luego se oyen las voces, porque La Cosa Que Susurra tiene varias. La que mejor me cae es La Abuela, cuenta historias muy chulas. La que peor es El Niño Con La Bolsa en La Cabeza, me da un poco de miedo y habla muy raro.

Yo me limito a transcribir todo lo que cuentan. Lo hago a toda velocidad en los blocks de anillas que tengo. ¡Lleno cuadernos y cuadernos! A veces también me tocan la nuca y me meten cosas en la cabeza que dibujo.

Con los años he aprendido a escribir a toda velocidad, pero la letra me sale pequeña y abigarrada. Algunas veces se me acaba el papel y tengo que escribir en los márgenes y las paredes. En otra se me acaba la tinta, pero entonces echo mano del tupper.

Las voces siempre chillan antes de irse. Algunas veces se han echado a llorar y se han arañado la cara, otras se han enfadado y la han tomado con los muebles, pero siempre chillan. Yo me tapo los oídos hasta que pasa, algunas veces hasta canto para no oírles. Pueden ser muy crueles entonces. Luego lo recojo todo con cuidado y lo limpio.

La casa se pone perdida cada vez que hablo con La cosa Que Susurra y a veces todo el proceso me ha llevado muchos días. Sé que los vecines lo oyen y evitan hablarme del tema, aunque una vez tuve uno muy desagradable que se enfadó mucho y me amenazó un par de veces.

Lo solucioné. Me dio para un cuento muy largo, pero lo contó El Niño Con La Bolsa en La Cabeza y no me hizo sentir bien al final. Se llevó casi todo su cuerpo, pero dejó los dientes y tuve que echarlos al rio.

Cuando acabo de escribir le llevo todos los cuadernos a mi editora. Es muy buena conmigo, trabaja en el hospital y me da pastillas de colores para que me sienta bien. Se las cojo siempre porque me cae bien, pero luego no me las tomo porque me dan mucho sueño.

Mi editora me ha dicho que ella escogerá un cuento bonito, que me lo publicarán y que seré muy famoso. Me hace mucha ilusión y algún día espero que ustedes lean algo escrito por mí.

Ahora les tengo que dejar: he visto una polilla.