Wolfe entro en la cafetería atestada y oteó entre la muchedumbre. Vio a Shepp hacerle señas desde una mesita apartada y se acercó, sorteando a los clientes y pidiéndole a la camarera un desayuno completo.

Shepp estaba rodeado de su habitual caos de papeles y notas, que competían por un hueco en la mesa contra un montón de tazas sucias de café.
-Tienes que dejar de beber tanto café o té corroerá las putas tripas. Además, el de aquí es agua sucia, me sorprende lleves los calcetines por encima de los pantalones por la diarrea.
-¡Habló de putas la tacones! ¿Cuántos cigarrillos te has echado de camino aquí?
-Cuatro –admitió Wolfe riendo entre dientes-, pero el último lo he apagado antes de entrar.
-Porque no te dejan fumar dentro, cabrón –espetó Shepp-, siendo policía deberías dar ejemplo de abstinencia y toda esa mierda ¿no?
-Y de orden, imagino –Wolfe le señaló la anarquía de papeles y café-. ¿Aún no te ha metido en vereda el inspector?
-Ya, ya –respondió su compañero recogiendo las hojas y las libretas en un único montón mientras la camarera traía el desayuno de Wolfe.
-Bueno –dijo mientras empezaba a comer- ¿Qué se ha cocido en el turno de noche?
-De todo y nada bueno. Yonkis pasadísimos, dos agresiones machistas, perdón –corrigió con retintín- “violencia intramarital”, que el nuevo inspector es muy gilipollas con eso.
-La que os ha caído –comento entre bocado y bocado.
-Bueno, y lo gordo de la noche ha sido lo del ingeniero
-¿Hmf? –pregunto Wolfe con la boca llena.
-Un ingeniero de Quine, la corporación esa. Su jefe nos llamó y dijo que no había dado señales de vida en varios días, así que fuimos a su casa.
-Espera que beba, cabrón, que como sea algo desagradable igual hasta vomito.
-El tío –prosiguió Shepp, ignorando a su amigo-, vivía con su mujer y sus hijos ¿vale?. Pues al parecer la mujer se había largado con los críos hacia unos días y al tío se le fue la cabeza.
-¿Se suicidó?
-Se arrancó los putos ojos
-No jodas, se los sacó con algo y…
-No, no, no. Se los había arrancado con las manos. Y mira que la forense me ha dicho que es complicado que te cagas porque el nervio óptico no se rasga así como así. Bueno, de hecho, llevaba uno colgando.
-Perfecto –respondió Wolfe limpiándose la boca- ¿quieres mi desayuno?
-Un poco sí, gracias, estoy canino.
-Puedes cogértelo todo, que ya me has quitado el hambre. ¿El cadáver está en el depósito?
-¿El cadáver? –preguntó Shepp mientras comenzaba a devorar el desayuno de su colega- ¡qué va! Si lo gordo es que seguía vivo. Jodido pero vivo, ahora estará en la UCI.
-¿Vivo? Pues con la escabechina que cuentas, si no le mata la hemorragia lo hará la infección.
-El ingeniero ese debía ser un animal de gimnasio, de los que están locos por cuidarse, se racionan las comidas y tal. No hacía más que murmurar algo sobre pudrirse y dar frutos.
-Pues a ti no te vendría mal hacerlo Shepp, que esa barriguita deja al cuerpo en mal lugar.
-Yo trabajo de noche –se excusó mientras engullía-, la gente no corre tanto de noche.
-Ya, si –Wolfe se sacó la pequeña máquina de liar y comenzó a prepararse un par de cigarrillos. Paró repentinamente recordando algo-. Oye, ¿has dicho que comentaba algo de frutos y pudrirse?
-Lo siento –rebatió sin perder el ritmo del desayuno- a mí eso no me da asco.
-No, gilipollas. Lo digo porque me recuerda muchísimo a la volada de la estación.
-La que se tiró sobre él tren en marcha? –Shepp también se quedó pensativo, con el tenedor parado en el aire-. Ostia, pues tengo que mirar las fechas. ¿Tenéis fotos de ella? –rápidamente corrigió-, de ella antes de pillarle el tren, me refiero.
->Si, si, cuando entre las cotejaré con las fotos de archivo.

Ambos se quedaron callados, perdidos en un único pensamiento.

-Oye Wolfe< -Si, Shepp? -Esa mujer, la de la estación, llevaba una mochila ¿verdad? -Sí, pero no llevaba nada dentro, bueno… -Wolfe dio un generoso trago a su vaso antes de seguir-, los testigos dijeron que algo salió cuando impactó con el tren, como esporas negras que se esparcieron por la estación, pero los de la científica no encontraron rastros de nada. Ya sabes cómo es esto. -Ya –zanjó Shepp, la gente ve cosas raras cuando viven mierdas de estas. Un grito de pánico les interrumpió. Ambos policías salieron apresuradamente de la cafetería junto con un par de clientes preocupados. Sólo encontraron un anciano borracho, tendido en la acera mientras señalaba lloriqueando al cielo. Los policías estuvieron a punto de increparle, pero entonces miraron a donde les apuntaba. Y aquella noche, todos fueron testigos de los prodigios.