Varias horas más tarde, Sedna cerró de un golpe la portezuela del coche y se quedó mirando la fábrica entre las brumas de la mañana. Sedna se sentía satisfecha, aunque el trabajo había sido agotador y aún no estaba terminado del todo.

Lloraron, los niños siempre lloran ante las cosas nuevas, pero ella había seguido decidida. A fin de cuentas, ése es de verdad el papel de un padre, velar por el bienestar de sus hijos. Y por eso se sentía orgullosa de lo que había hecho, incluso cuando tuvo que usar la fuerza porque Voitt se volvió contra ella con aquel cúter. ¿De dónde lo habría sacado?

Había sido un follón, con Thiara corriendo en la oscuridad y toda aquella sangre. Pero ahora los niños ya estaban bien. Recordaba sus miradas de cervatillo fascinado cuando les enseñó la espuma negra que bañaba el paraíso, o cuando se asomaron a los remolinos perlados de mares oleosos. Al final no pudieron sino murmuraron un débil “gracias” cuando ella terminó de enseñarles.

Volvería a reunirse con ellos pronto, cuando terminase lo que debía ser hecho, y por fin podrían ser los tres uno solo. Se planteó lo que tenía aún por delante y se sintió tentada de arrastrarse de nuevo a las entrañas del edificio, demorar un par de días todo aquello y disfrutar del momento. Pero ya se había retrasado demasiado tiempo.

Sedna acarició la mochila que llevaba en el asiento del pasajero y notó notó como respiraba lo que viajaba dentro, el tenue latido que emitía y como todo se oscurecía sutilmente a su alrededor. Acercó su cara hacia ella, sintiendo erizarse el vello de su piel, y le susurró como a una amante.

-Bendita sea la semilla plantada para siempre en la oscuridad

Y arrancó el coche, rumbo a la estación.