Cuando Natzio despertó, su mujer estaba mirando el cielo por la ventana. El viento frío de la madrugada entraba en la habitación, arrastrando con él un tenue aroma a diésel y asfalto.

Intentó darse la vuelta y dormirse, pero no pudo quitarse de la cabeza que, fuera cual fuese el nuevo delirio de su mujer, si no lidiaba con ello ahora tendría que hacerlo al día siguiente, con una versión magnificada por la obsesión femenina.

Se levantó pensando en qué les recomendaría su coaching sentimental en estos momentos –su empresa les había asignado uno, pero Sedna lo rechazó agriamente-, aunque seguramente hablaría del esfuerzo necesario y de cómo nada es nunca realmente insoportable. Se echó el fino batín sobre los hombros y fue hasta donde su mujer, abrazándola por la espalda.

  • ¿Estás bien, cariño?
  • Claro –dijo Sedna animada. Miraba fascinada al espacio, aventurándose a descubrir cuál era la primera estrella en desprenderse-, ahora estoy mejor que nunca.
  • Me alegro. ¿Quieres que vayamos a dormir?
  • ¿Sabes? –le cortó ella dándose la vuelta- esta noche he estado en un lugar maravilloso.
  • Vaya –respondió Natzio, sin muchas ganas de conversar en ese momento sobre sueños viajeros-, eso es genial mi vida.
  • ¿Quieres verlo? –le respondió sin perder el entusiasmo mientras acariciaba sus mejillas con ambas manos.
  • ¡Claro! –mintió él.

Sedna despertó a los niños unos minutos después. Tan solo se había colocado una gabardina sobre el camisón, aunque había cogido un par de mochilas y las había atiborrado de ropa, incluso trozos de ella sobresalían atrapados por el cierre.

  • Venga cariño, despierta
  • Pero mamá –protestó Voitt frotándose los ojos-, es muy tarde.
  • No cariño mío –le respondió ella cambiándole de ropa-. Es muy temprano, así podemos estar en camino antes de que amanezca.
  • ¿Adónde vamos? –pregunto la pequeña Thiara mientras bajaba de su litera.
  • A ver, niños –Sedna se detuvo un instante, sentándose de rodillas-, ¿habéis leído Peter Pan?

Los niños asintieron en silencio

  • Pues vamos a un lugar mágico, como Nunca Jamás. Un lugar donde yo no envejeceré y vosotros podréis ser niños para siempre.
  • ¿Y hay también Capitán Garfio? –inquirió la niña mientras se abrazaba a su peluche.
  • Eso es lo mejor, allí no hay capitán garfio, ni cocodrilos, ni nada que nos haga daño. Podremos retozar para siempre.
  • ¿Qué es retozar?
  • Como jugar –le respondió su hermano- ¿verdad mamá?
  • Exacto Voitt –Sedna se levantó y besó a su hijo en la frente-, ahora ayuda a tu hermana a vestirse.

Sedna se alejó para terminar de meter un par de cosas en las maletas cuando Thiara le interpeló desde el quicio de la puerta.

  • Y papá ¿no viene?
  • Hija mía… -se volvió con una sonrisa de oreja a oreja- papá no puede venir ahora. Se unirá a nosotros un poco más tarde, te lo prometo, pero antes tiene que aprender un par de cosas. Como tus deberes ¿lo entiendes?

La niña asintió y volvió a la habitación con su hermano. Tras prepararles un desayuno opíparo, Sedna cogió las llaves del coche y salieron los tres de la casa.

  • Mama –dudó Voitt un instante-, si nunca crezco… no podré ser nunca un astronauta ¿verdad?
  • Hijo mío. Te juro que allí donde vamos podrás flotar entre millones de estrellas. Y las verás como nadie las ha visto todavía.

El niño pareció satisfecho con la respuesta y ayudó a su madre a meter las maletas en el ascensor y cerrar la puerta. Dentro del piso, sin embargo, se seguían oyendo unos ruidos apagados: pasos errantes de pies descalzos, seguidos de algún golpe al chocar contra una cama o una pared. Salían de la habitación de matrimonio, que tenía la puerta cerrada a cal y canto.