Más serena, volvió a coger el periódico, ahora sepia y acartonado por culpa del café, y contempló de nuevo la cara del desconocido. En la foto el rostro tenía otros rasgos, una media sonrisa dulcificada coronada por una mirada limpia y abierta. Parecía una pose de retrato, esculpida a base de entrenar delante de un espejo. Un intento de controlar lo que pudiera decirle al mundo de sí mismo, cuidándose mucho de expresar un sentimiento auténtico distinto a esa insulsa bonhomía.

Sin quererlo, volvieron a su cabeza las imágenes del hombre corriendo. Le recordó sonriente, desatado y feral; sacudido por una pasión sincera y sin prejuicios. Abandonado a un sentimiento auténtico y exultante que le había liberado de la presión que se distinguía en la foto. La misma presión que ella sentía cuando Natzio derramaba su euforia alrededor suyo.

Tras unos instantes que bien pudieron ser horas, Sedna salió de su ensueño. No como en un una pesadilla, donde uno despierta agitado retornando de golpe al mundo, sino de la forma vaporosa en la que nos abandona el delirio de la fiebre.

Decidió recuperar algo de control dentro de aquella locura. Rasgó la noticia de la desaparición, cruzó el estrecho pasillo y atravesó el salón, presidido por el gigantesco plasma que Natzio ganó como vendedor del mes. Se plantó delante del teléfono de sobremesa con el pedazo de papel en una mano y descolgó el auricular.

Pese a que disponían de varios inalámbricos en la casa, mucho más modernos y prácticos, Sedna llamaba desde aquel teléfono siempre que podía. Era una réplica de un modelo antiguo, de los de dial de rueda, en baquelita negra y brillante. Su forma arcaica y romántica contrastaba con la modernidad exuberante del resto de la habitación. Usarlo representaba un pequeño acto de insurgencia contra la dictadura constante de caprichos y premios ajenos.

La línea crepitó impaciente mientras ella iba marcando el número de contacto.. Con los dedos aún torpes por su debilidad, se equivocó y colgó un par de veces hasta que por fin escuchó los tonos largos y esperó la respuesta al otro lado. En cuanto descolgaron, el jaleo de fondo dibujó una centralita concurrida, un panal de cubículos ruidosos bullendo con una actividad frenética.

  • Oficina de policía de Medina –respondió un joven con estudiado tono entusiasta-, ¿en qué podemos ayudarle?
  • Buenos días –su propia voz le resulto débil y vacilante-, creo que puedo proporcionar información acerca de una desaparición. La he visto en el periódico y…
  • ¡Perfecto! –le interrumpió al otro lado-, ¿me podría decir la referencia?
  • Sí, claro –Sedna ojeó de nuevo el pedazo para descubrir que la referencia aparecía cortada por donde había arrancado la hoja-, mierda. Creo que no la tengo ahora. ¿Sería posible que?
  • No pasa nada –le volvió a cortar el joven. El entusiasmo empezaba a dar paso a la impaciencia-, ¿sabe el nombre del desaparecido?
  • ¿El nombre? Oiga, yo… no sé, solo quería –le empezó a doler la cabeza y se planteó colgar al desagradable de la oficina-, solo salía en el periódico de hoy, en la portada.
  • ¿En la portada de hoy? –Sedna escuchó un tecleo frenético-. Hoy no ha salido nada ¿podría ser ayer?
  • Si, supongo –se masajeó las sienes y se dejó caer en la sillita al lado del teléfono-. Escuche, puedo llamar mejor luego.
  • Disculpe. Creo que lo tengo delante ¿Le suena la foto de un hombre con una niña a caballito o algo asi?
  • ¡Sí, sí, exactamente ese! –la repentina e inesperada eficacia la animó y cogió el auricular con ambas manos, dejando caer el papel al suelo.
  • Pope. George Pope. ¿Y dice usted que lo vió?
  • Si, ayer mismo –Sedna hizo memoria para poder facilitar todos los detalles-, en los suburbios del otro lado del rio.
  • Señorita, me temo que ha ocurrido algún malentendido.
  • ¿Disculpe?
  • Verá, el anunció salió en portada, sí, pero encontraron los cadáveres ayer, en la ribera. Llevaban un par de días muertos. Hoy tienen que haberse publicado las esquelas.

Sedna quedó petrificada al oír la noticia, mirando la foto que ahora yacía entre sus pies. De alguna manera, en una parte muy profunda de su cabeza, ya lo sabía. Se lo había negado desde que vio el periódico porque significaba aceptar la macabra realidad de aquella fábrica decrépita -o reconocer que su cordura había terminado de estallar en pedazos-. Súbitamente, asimiló las últimas palabras del agente al otro lado.

  • Disculpe, señorita –insistía ya molesto- ¿sigue ahí?
  • Perdone pero… ha dicho cadáveres ¿En plural?
  • Si, claro –ahora era el otro el que estaba confundido-, si ha salido en el telediario. Los cadáveres de él y su familia.

Se disculpó con el joven y colgó tras despedirse. Se quedó encogida sobre la silla, intentando asimilar lo que le habían dicho. Notó las arcadas del escueto desayuno pugnando por salir, el sabor desagradable del détox subiéndole hasta la boca. Y entonces el teléfono volvió a sonar.

Sedna se lo quedó mirando confundida unos instantes antes de descolgar. Se lo llevó a la oreja lentamente, como los niños que espían la oscuridad tras una esquina. Al otro lado solo se oía el chasqueo de la estática y el golpeteo irregular de algo distante y metálico. Permaneció en silencio, escuchando aquel abismo cruzado de murmullos.

  • Hola Sedna –dijo la oscuridad rompiendo el silencio-. Creo que es hora de marcharse.
  • ¿Qué?¿quién eres? –una idea descabellada le cruzo por la mente- ¿eres Pope? ¿el que vi el otro día en la fábrica?
  • No, no, cariño –la voz era dulzona, como el olor almizclado del mantillo podrido en otoño. No se la podía imaginar saliendo de aquel rostro demente-. Pope era mi cáscara, de antes que cambiásemos. Pope no sabía nada y no era nada.
  • ¿Cambiaseis? –Sedna intentó convencerse de que la policía había cometido un grave error. George Pope debía estar vivo y, por lo que decía, seguramente tendría a su familia con él-, ¿vosotros?¿tienes ahí a tu familia?
  • Si, Pope trajo a su familia con él. Quedaron fascinados con las estrellas, aquí abajo. ¿Quieres oírles?
  • Si –quizás su mujer o alguno de los hijos le diera alguna pista. Si estaban bien y ella se daba prisa podría llegar con la policía a la fábrica-, pásamelos, por favor.

Al otro lado de la línea, la voz estalló.

  • Me ha visto, viene hacia mí. Esto no tiene ninguna gracia ¡Bendita sea la semilla plantada para siempre en la oscuridad! Dame la medicina, sabes que la necesito ¿No puedes verlo?, joder, ¿no puedes ni oírlo? ¡Me duele!¡La necesito ya, por favor! ¡Sólo aquello que se pudre da fruto! Dios mío, aléjalo, por favor, aléjalo ¡No quiero morir aqui! ¡Todo esta cumplido! Es… tarde Demasiado tarde, no quería.
  • ¿Qué mierda ha sido eso? –exclamó mientras comprendía que la policía ya no podía hacer nada- ¿qué les has hecho?
  • No hemos hecho nada –la voz se volvió a amalgamar. Seguían siendo las mismas voces de hacía unos momentos, pero un titiritero siniestro manejaba sus cuerdas vocales al unísono, camuflando la angustia de cada una en un coro perfectamente coordinado-. Sólo hemos mirado más allá, nos asomamos por el hueco que dejaron las estrellas.
  • Dios –susurró para sí- les has matado, ¿verdad?
  • ¡No!¡en absoluto! –unas cuantas de aquellas voces rieron entre dientes, con crujidos que sugerían de gargantas secas y polvorientas-, jamás matamos. Pero dejamos morir las cáscaras. No nos servían para nada una vez retozamos aquí abajo, cuando vimos las ciudades retorcidas y ciegas escondidas tras las estrellas. Ahora volamos con alas de noche cortando el vacío, libres de la tensión. De esa tensión molesta a tu alrededor. Tú también la sientes ¿verdad Sedna?
  • Por qué sabes mi nombre –No era una pregunta, sino una orden. El miedo había dejado paso al enfado, y este a una curiosidad inquisitiva.
  • Porque tú nos llamaste, Sedna. Viniste a nosotros huyendo. Lo sabes, lo sientes…

Colgó de golpe, con las sienes palpitándole por la tensión y una sensación de ahogo atenazándole el pecho. Se levantó para poder respirar mejor pero descubrió que se encontraba mejor que nunca. Tras la conversación, algo había restallado los sentimientos en su alma dejándola pletórica: se sentía poderosa por primera vez desde hacía mucho tiempo.

La conversación había derribado cada débil muro de cordura con el que se habría pretendido tapar desde aquella mañana, en aquel barrio. O tal vez desde aquella noche en la estación. O quizás desde muchísimo antes, desde el primer momento en que empezó a mentirse y dejó que aquella realidad estrangulase su vida.

Más calmada, pero aún exultante, miró a su alrededor. Varias Sednas le devolvieron la mirada desde los espejos negros de la televisión y los monitores. Rostros de ébano frío que, por primera vez, no le miraban con suficiencia.

¿Y si no había locura?, se preguntó, saliendo del salón y vagando por las habitaciones. ¿Y si el mayor acto de cordura había sido perderse en aquel barrio, encontrar aquella fábrica? Entró en el aseo, bañado en un lúgubre resplandor azul, y miró su reflejo, moteado de pasta de dientes y gotas secas. La cortinilla de gasa bailó sobre el ventanuco, acariciándola y trayendo aroma a cloaca desde el patio interior. El tiempo estaba cambiando.

¿Y si esta era realmente la Sedna que ella quería? Sombría, alejada de cenas de empresas y sábados en centros comerciales, fascinada por los rincones macabros que iba descubriendo fuera de los márgenes que dictaba la realidad de Natzio.

Escuchó un gorgoteo desde el desagüe de lavabo. Se inclinó intentando atisbar algo más allá del sumidero, dentro de esa mirilla a la oscuridad, pero sus ojos apenas distinguieron dos centímetros de tubería, sucia y cubierta de un limo ictérico.

Con dificultad, metió el índice y el corazón lo más dentro que pudo, acariciando las paredes gomosas. Luego fijó su mirada en el espejo y, sin apartarla, subió sus dedos hasta la boca en un gesto ceremonioso.

Recordó a los curas de su colegio, hacía muchísimos años, haciendo la señal de la cruz con movimientos amplios y cargados de significado.

Imitándo a la niña que fue, abrió la boca como en la primera comunión y depositó ambos dedos sobre su lengua, saboreando la putrefacción.

Noto un relámpago de placer recorrerla desde los hombros al pubis y un calor febril que estalló en su vientre y se derramó sobre el resto de su cuerpo.

La misma luz parpadeó un instante y la realidad se torció de manera imperceptible, pero dotando a su mundo de un carácter ajeno y liberador.

  • Es hora de marcharse –dijo una voz usando su garganta.
  • Tu y yo, caminando lado a lado –siguió ella, rememorando alguna canción que afloraba en su recuerdo.
  • No –zanjó ella-, nosotros iremos.

Terminada la comunión se encontraba exhausta, pero feliz. Se había roto un corsé dentro de su alma y ahora Sedna, la auténtica Sedna, podía esparcir su realidad.

Se metió a la cama, tal cual le prometió a Natzio, y durmió todo el día y toda la tarde. No se despertó cuando vinieron los chicos ni cuando su marido la llamó a cenar; tampoco cuando las luces se apagaron y Natzio se acostó a su lado.

Ella estaba realmente muy lejos, caminando por parajes muy distintos. El abismo se derramába en su mende dormida, susurrandole acerca del cambio. Y en sueños vio las estrellas cayendo cual capullos secos, dejando sólo flores de negrura que carcomían el cosmos.