Platón era imbécil.

En serio, Platón era un idiota que se vino arriba al descubrir una grieta en la pared de su cueva. Se excitó tanto que se coronó a si mismo filósofo, como un niño que decide ser mazorca de maíz al descubrir granos en su caca; e igual que este coge su mierda y la intenta repartir entre todos los que conoce, Platón intentó “iluminar” a todos congéneres.

Por supuesto, no le hicieron caso: nadie quiso saber de lo que hablaba. Y el filósofo pedante nos legó una rabieta infantil en forma de parábola. Una crítica a los estúpidos que no le habían comprendido. Ahogado en sus propias ansias de reconocimiento, les tachó de bárbaros e ignorantes.

Fue incapaz de dilucidar que, tal vez, ellos ya conocían su versión; que les había sido revelada contra su voluntad hacía mucho, pero que habían decidido ignorarla ex profeso. El ególatra no entendió que sus semejantes habían decidido creer en esa otra pantomima, de humo y sombras chinescas, porque comprendían mucho mejor que el filósofo las implicaciones de la realidad exterior.

Pero si lo llevamos al extremo aún podemos ver mejor lo patético de Platón. Había sido tan necio y corto de miras que había aceptado su nuevo mundo con una fe ciega, un modelo construido a medida de sus aspiraciones y dirigido a proporcionarle la gloria.

No tuvo valor para cuestionarse a sí mismo y elucubrar si acaso esta nueva realidad exterior no era sino la sombra de otra existencia, mucho más vasta, volcando un pálido simulacro de sí misma en forma de visiones tras la salida de la caverna.

Y de esta manera encontraríamos a Platón reaccionando peor que cualquiera de los idiotas de la cueva, defendiendo a capa y espada una “idea de bien” de la que se había convencido a fuerza de ansiarla. Pues ¿Cómo habría reaccionado de ir más allá? ¿Acaso habría aceptado las cosas tal y como son de haberle horrorizado?¿No será acaso su “revelación” un mero trampantojo, un cebo dulce para calmar la sed del alquimista impaciente?

Y en estas diatribas se encontraba Sedna: murmurando frases sueltas, perdida en los pensamientos brumosos de un recién llegado a la vigilia. Sentada en la cocina e iluminada solo por la pequeña ventana del patio interior, que convertía todas las siluetas en sombríos borrones grises.

Normalmente la distraía El Café Haciéndose. El rumor mundano del agua fluyendo por la vieja cafetera italiana, junto al olor denso y oscuro, conseguían sacralizar la vulgar espera. La transformaban en una homilía a la realidad que culminaba con una comunión negra y amarga con la humanidad.

Pero Natzio, harto de la vieja cafetera, la cambió sin avisar por una de esas modernidades a base de cápsulas coloridas de un millar de sabores.

  • Pero, ¡si ni siquiera te gusta el café! –protestó Sedna el día que descubrió a la invasora.
  • ¡Ahí está el meollo! –replicó animado, como siempre- con esta podemos preparar mokaccinos, cappuccinos, fredos, marochinos… ¡al gusto de todos!¡incluso los niños podrían tomar!

No quiso continuar aquella discusión: la inagotable energía estulta de su marido la agotaba cada día más y se sentía incapaz de explicarle que, si a alguien no le gusta el café, la solución era tan simple como no tomarlo.

Y desde luego no tenía sentido ofrecérselo a los niños, el café no es una bebida para la infancia. Además, ¿no era acaso él quien se ponía como una furia si los pequeños comían bollería?

  • El café, como la vida –pensó Sedna mientras tomaba un sorbo de aquel impostor edulcorado- no existe para que nadie se sienta cómodo con él. Simplemente existe. Pretender lo contrario es tan pretencioso como escoger un único copo arbitrario y sentenciar “así es la nieve”.

Los cebadores comenzaron a zumbar como locos, seguidos del tintineo histérico de los fluorescentes. Al instante, una luz cálida y de tono pastel desterró todas las siluetas imprecisas, devolviendo la cocina a una realidad definida y limpia, en la que las formas se tensaban como bestias nerviosas.

  • ¿Qué haces aquí, cariño? –pregunto Natzio, sorprendido de encontrarla a oscuras- ¿Por qué no te has quedado en la cama?
  • Lo siento, mi vida -se disculpó Sedna con voz cavernosa-, no me encontraba bien.
  • Claro que no te encuentras bien, mírate –dejó su bolsa de deporte junto a la península y fue preparándose el desayuno, dirigiéndose a ella de pasada, como quien dicta una carta-. Ojerosa, pálida, esta mañana tenías hasta fiebre. ¿Quieres que te prepare un détox?

Natzio ahogó la posible respuesta al encender la batidora, llena de insípidas verduras a las que él confería el secreto de la eterna juventud. Sedna se limitó a taparse los oídos y cerrar los ojos hasta que el barullo de las cuchillas cesó. Cuando los volvió a abrir tenía delante un vaso lleno de un espeso tónico verdoso.

Al otro lado de la mesa, aferrado a otro vaso de batido détox, estaba un alegre Natzio. Ella le respondió con una sonrisa cansada, mientras le tomaba de la mano y escuchaba su aluvión de palabras mañanero. Le habló del gimnasio, de sus amigos de la sala de pesas y de las que –por definición- debían ser las amigas de Sedna.

  • Deberías –le recomendó entre trago y trago- volver al gimnasio. O quizás apuntarte a alguna actividad. Ya sabes, mens sana in corpore sano y todo eso.
  • Supongo –contestó lacónica-, quizás en unos días, cuando mejore…
  • Sedna… ¿estás bien?

Pero, aunque Natzio sostuviese una mueca de preocupación, ella sabía que aquella no era una pregunta. Era una súplica para que le mintiese. Ella le representaba un abismo, una sombra molesta que su luz era incapaz de dispersar. Admitir un “no” como respuesta aquella pregunta suponía admitir una dimensión incomprensible por su filosofía.

  • Sí, claro –le consoló ella-, solo necesito algo de tiempo. Han pasado muchas cosas en muy pocos días. Estoy superada, solo es eso.
  • Es normal que necesites tiempo –le aferró más fuerte la mano-, pero en algún momento tendrás que levantarte, y avanzar, y luchar. Recuerda que ahí fuera hay un mundo maravilloso, lleno de oportunidades para el que desee cogerlas.

Sedna miro de soslayo por la ventana. Tras esta se distinguía un patio de luces pequeño y oscuro: paredes mal encaladas, heridas con varias manchas oscuras de humedad. La vecina de enfrente, una anciana menuda de piel apergaminada, tendía por cuarto día consecutivo su sabana bajera. La disimulada silueta del orín la convertía en un extraño pendón a la vejez y la decadencia.

Se giró de nuevo hacia Natzio, que aún sonreía mientras consultaba la agenda de su teléfono, y se preguntó si él de verdad creía en ese mundo del que tanto pregonaba, si sencillamente había descubierto una forma de ver otro universo, que convivía con el suyo, pero mostraba solo amables escenas de juventud perpetua.

  • Bueno –cortó el-, o salgo ahora o se me hará tarde en la oficina. ¿Te volverás ahora a la cama?
  • Claro –respondió desganada.
  • No lo digas así, sabes que te ira bien.
  • Si, disculpa, no quería sonar…
  • Antes de irme –le cortó mientras le acercaba el periódico- ¿has visto esto?

A Sedna le costaba enfocar, y más con la intenso resplandor de los fluorescentes. Comenzó a sentirse irritada por la manera obsesiva en que su marido demoraba el marcharse, como si únicamente lo estuviera haciendo por mantener durante mas rato la maldita luz encendida.

  • No, no lo veo bien –agarró de mala gana el diario y entre cerró los ojos-. ¿Qué pone?
  • Sobre lo de la estación, el otro día –Natzio le hablaba de pasada mientras se anudaba la corbata-, al parecer los chavales no eran terroristas ni nada por el estilo. Debían se chatarreros o así, porque solo encontraron unos hierros retorcidos en las mochilas.
  • Dios –Sedna se quedó congelada ante la portada
  • Si ¿verdad? –su marido ya se había puesto la americana y se sacó la llave del garaje del bolsillo-, ni siquiera dicen que medidas van a tomar con los policías que dispararon.

Pero Sedna no estaba mirando la noticia de portada, ¿Qué iba a contar el periódico que ella no supiera ya? Lo que leía espantada era un pequeño anuncio en el lateral de la hoja, una pequeña foto de un hombre sonriente, con un bebé a hombros al que habían censurado la cara. El pie de foto rezaba “¿Me has visto?” y las pocas líneas a continuación explicaban cómo contactar con la policía.

Era el mismo hombre que salió a su persecución junto con los jóvenes, allí en la fábrica. Aquel al que recordaba haber visto preparándose para cambiar. Un temblor incontrolable la sacudió, desparramando por la mesa lo que quedaba de café.

  • ¡Cariño! –Natzio se abalanzó sobre ella, evitando que se cayera de la silla-. Tranquila, ya te tengo.. joder, estas ardiendo.
  • Estoy bien, estoy bien –dijo, liberándose de su abrazo-, en serio. Ha sido la fiebre.
  • Seguro que no quieres que me quede.
  • No, por favor –Sedna disimuló el mareo lo mejor que pudo-. Creo que agradeceré estar sola.
  • Como quieras, pero –sacó el móvil de su americana-, estaré atento por si llamas ¿vale?
  • Si, si, si. Gracias –respondió mientras bajaba su voz hasta un murmullo.

Natzio salió por la puerta y ella escuchó el rumor del ascensor bajando hacia los garajes. Sintiéndose de nuevo liberada, dio un gran suspiro mientras apagaba los fluorescentes, volviendo a su mundo de luz crepuscular.