Se alejó del paso elevado por una salida sinuosa y estrecha, con tantas curvas y cruces que pronto perdió el sentido de la orientación. Para cuando volvió a ver la autopista, esta solo era un recuerdo ajeno que se empequeñecía en el retrovisor.

La zona por la que discurría era sombría, una calle solitaria bordeada por edificios grises y patios desaliñados. La vegetación crecía descuidada, enmarañándose y tiñendo el paisaje de un verde profundo y monocorde. Tras los tupidos boscajes, las casas se apiñaban para mirarla pasar desde portales oscuros y ventanas muertas.

De algunos balcones colgaban decoraciones navideñas, felicitando el año con quince días de retraso, o ristras macilentas de espumillón, ondeando despeluchadas al viento como las antenas de un insecto. No llegó a ver transeúntes, aunque distinguía pequeñas sombras por el rabillo del ojo, arrastrándose en los estrechos callejones entre casas.

El silencio cubría el barrio, sólo roto por rachas de viento que silbaban entre los edificios y arrastraban un tufo a ropa enmohecida. Sedna redujo la velocidad y apagó la radio, movida por una repentina sensación de respeto, como quien baja la voz al entrar en un templo.

La acera estaba resquebrajada, con rastrojos creciendo entre las grietas, y la mayoría de señales estaban destrozadas por la vejez y el abandono. La carretera, sin embargo, era negra y lustrosa, como recién asfaltada. Le vino a la mente la advertencia del mago de Oz deformada para aquel lugar: no abandones el escarchado camino de asfalto negro.

Todo el lugar exudaba decaimiento y melancolía, pero de alguna manera estaba exento de esa sensación alienante de la autopista. Mientras conducía, su cabeza vagaba libre de presiones y recuerdos, paseando ahora por sensaciones acordes al cielo plomizo y la estación fría.

Sintió que había cruzado las barreras de la ciudad, entrando en uno de esos barrios míseros que se han vuelto invisibles al resto de la ciudad. Un suburbio que, oculto a fuerza de no querer verlo, se ha deslizado fuera de los mapas. Discurría ahora por calles ajenas, que quizás disponían de su propio cielo y sus propias estrellas. Sedna se sacudió el pensamiento de la cabeza e imaginó a Natzio recriminándole su morbosa imaginación.

No había terminado de acallar sus ideas cuando las casas a su derecha se abrieron en una gigantesca explanada coronada por los despojos de una fábrica descomunal. De silueta afilada e imprecisa, algunas partes se habían derrumbado sobre sí mismas dándole un aspecto caprichoso y onírico. Cautivada por aquel titán herrumbroso, Sedna frenó, para admirarlo mejor.

Pareciera que alguien la había construido siendo ya un cadáver viejo, pues no se podía adivinar si alguna vez había tenido alguna utilidad concreta.

Una chimenea derrumbada sugería un horno, mientras que unas tolvas junto a una vía muerta quedaban como ecos de un pasado productivo.

En algún momento debieron pensar en repararla, o quizás tan solo en detener su decadencia imparable, pues la cubría un esqueleto de andamios oxidados, como telarañas sobre un trasto olvidado. Entre ellos aún se podían distinguir telas y plásticos agujereados que, a modo de sudario, intentaban tapar sin éxito la carcasa vacía y oscura del edificio.

Detenida en mitad de la solitaria avenida, Sedna oteó los restos sobrecogida. Se preguntó cómo debería ser vivir en aquella zona maldita, entre calles rotas, pisos vacíos y siempre a la sombra de aquellas inmensas ruinas.

Quizás, pensó, lo que primero murió fue la fábrica. Y luego su muerte se fue extendiendo como una gangrena hasta el resto del barrio, convirtiéndolo en el cementerio que es ahora. Matándolo de una manera pero, a su vez, liberándolo de vivir, transformándolo en algo mucho más sagrado.

Una risa lejana, arrastrada por el viento, la sacó de estos pensamientos. Su aliento dibujaba una neblina de vaho dentro del coche y notaba sus dedos entumecidos, pero solo ahora reparaba en lo aterida de frío que estaba.

Subió las ventanillas, girando las manivelas con manos temblorosas, y conectó la calefacción del coche. Mientras esperaba que el aire comenzara a salir un poco más cálido volvió a escuchar la misma carcajada de antes. Esta vez se dio cuenta de que venía desde las ruinas de la fábrica.

Pegó la cara al cristal intentando descubrir al dueño de aquella risa, mientras elucubraba que clase de persona podía adentrarse en un edificio tan peligroso como aquel. Aunque se estaba mintiendo a si misma: no era el peligro lo que espantaba de aquellas ruinas, sino algo más primitivo y cerval, más cercano al asco.

Forzando los ojos, repasó uno a uno los pisos donde las salas internas habían quedado expuestas, sin tapar por la mortaja de plásticos sucios y telas raídas. Finalmente, en un rincón elevado, aparentemente inaccesible y sin ninguna pared, vio recortarse contra el cielo unas siluetas que se movían frenéticamente

Así de lejos, parecían saltar y danzar al son de una música inexistente, a Sedna le evocó un viejo reportaje sobre vudú o alguna religión extraña. Sólo recordaba aquella escena de danza histérica junto al fuego y como le había suplicado a Natzio que cambiase de canal. Entre risas, su marido se negó a cambiar de canal y le invitó a que no mirase.

Pero Sedna miró, y aquel baile quedó grabado a fuego sobre su mente junto a otros recuerdos, como aquella araña que le estalló a los pies siendo ella niña, dejando salir una miríada de crías sobre sus zapatos nuevos, o una cabeza estallando en mitad de una estación abarrotada.

Natzio no comprendía que, para ella, no servía el no mirar, porque realmente ella no quería evitar ser testigo. El problema era otro, más extraño e íntimo, algo que ni tan siquiera ella podía explicar.

En el fondo deseaba mirar aquel reportaje, ver aquella araña, ser testigo aquella noche en la estación.

Los bailarines se detuvieron de repente y quedaron tan estáticos en el aire que podrían haberse confundido con vigas retorcidas y herrumbrosas en mitad de aquella penumbra.

Sedna esperó unos segundos, pero no volvieron a moverse: ya había acabado la actuación de lo grotesco y se le permitía volver a su vida diaria. Se planteó encender el motor y marcharse de aquel barrio y volver a su vida diaria.

En su lugar, abrió la guantera con manos temblorosas y buscó los prismáticos.

Natzio los había comprado el Junio pasado, intentando que le sirvieran a Sedna de promesa palpable tras una discusión. Durante meses ella le había insistido, no, suplicadopor una escapada de la ciudad. Una huida a ninguna parte de las montañas en concreto, lejos de los fines de semana abarrotados baloncesto, horas de gimnasio y cenas hipócritas con compañeros de trabajo.

Tras la última gran bronca -que él zanjó con un portazo al salir- Natzio volvió cabizbajo y arrepentido, portando los prismáticos comprados a última hora como signo infalible del cambio, una promesa de un verano distinto.

Ocho meses después Sedna los recogía de la guantera, nunca estrenados y aún en su blíster original. Sedna arrancó el plástico con los dientes, haciéndose un poco de daño en las encías y los dedos, y salió el coche para poder acercarse y calibrar mejor. El aire de la mañana se coló entre los resquicios de su jersey, espabilándola y haciéndole temblequear.

Fue acercándose al desvencijado murete que rodeaba la fábrica, alternando entre vistazos rápidos e intentos de escudriñar con los prismáticos pero, entre su pulso y las delicadas ruedecillas de enfoque, su visión era borrosa y movida.

Cuando llegó junto a la pared oteó a ambos lados buscando dónde encaramarse. La tapia se extendía paralela a la carretera sin ninguna puerta ni abertura. En su día debió estar cubierta de pintura pero ahora solo quedaban restos sucios aquí y allá, como postillas sobre el ladrillo desnudo; algunas partes estaban vestidas por carteles pegados unos sobre otros, fusionados en una multitud de costras mohosas y descoloridas.

Cerca suya encontró un contenedor de basura deslucido, con la tapa entreabierta y olvidado en mitad de la nada. Tanteó que pudiera soportar su peso y, apoyándose en un par de salientes, se aupó hasta quedar por encima del muro. Pequeñas varas de óxido retorcidas recordaban que alguna vez hubo alambres para disuadir a los intrusos, aunque Sedna era incapaz de imaginar que nadie hubiera querido colarse allí alguna vez.

Al otro lado se extendía un descampado interminable de arena y grava tachonado de rocas leprosas. Un paisaje ocre y muerto que le recordó a las fotos de Marte que alguna vez buscó para un trabajo de sus hijos. En su momento, Thiara, la pequeña, se quedó mirando el cielo rojizo un rato largo hasta que le preguntó si de verdad no había nada vivo en todo el planeta. Ella le aclaró que una vez fue como la tierra, pero ahora no quedaba nada. -¿Entonces es como un cementerio? –Le preguntó en respuesta- ¿Todo el planeta es como un cementerio?

La desolación del solar no hacía sino destacar más el carácter tenebroso de las ruinas. Alzadas en mitad del baldío, la fábrica aparentaba haber cruzado desde el más allá, invadiendo la tierra estéril con un aura de escombros y restos afilados de metal, avanzando a contracorriente hacia la vida.

Afianzó los codos contra el murete descascarillado y enfocó los prismáticos, barriendo los pisos en busca de aquellos danzantes, hasta encontrarlos, estáticos, en una posición aparatosa. Aunque las caras no eran más que borrones, distinguió unos abrigos ajados aletear sin control al viento, y bajo ellos unas ropas baratas, vaqueros sucios y camisetas mugrientas.

Sedna volvió a ajustar la ruedecilla buscando ampliar el zoom y distinguir los rasgos. Cuando lo consiguió, las tripas se le agarrotaron y notó el corazón desbocándosele. Eran los rostros de aquellos jóvenes de la estación. Con las mismas sonrisas.

Y se volvieron hacia ella.

Chilló. Fue un grito corto e inarticulado, más propio del dolor que del miedo. Había soltado los prismáticos pero, aun sin ellos, vio como las figuras se escabullían en las sombras de la fábrica. Sin poder dejar de temblar, volvió a coger los prismáticos y buscó a los jóvenes, pero mientras escudriñaba los pisos superiores, les oyó gritar mucho más cerca y abajo.

Los chicos se precipitaron al patio baldío por la puerta principal, riendo y chillando cual niños saliendo al recreo. Corrían con los brazos muertos, bamboleándose con cada trote como apéndices inútiles, y sus risas eran histéricas y desgarradas como los sollozos de los enfermos mentales.

no de ellos, el más adelantado, resbaló en un charco oleoso y oscuro, cayendo sobre unos fierros oxidados que le dejaron empalado. Aun así siguió moviéndose y boqueando, agitando sus miembros como una cucaracha moribunda.

Sus otros compañeros no se pararon a socorrerle. Se limitaron a seguir corriendo por el solar, con una sonrisa impostada y la mirada clavada en ella. Sedna dio un par de pasos hacia atrás, cayendo aparatosamente del contenedor. Notó algo desgarrarse al golpear el maltrecho bordillo con el brazo, pero ignoró el dolor y se lanzó lo más rápido que pudo hacia el coche.

La primera vez que puso la llave en el contacto el auto se negó a arrancar, quejándose del frio con un rasgueo metálico. Tras dos intentos, el motor se encendió cuando las manos de los jóvenes asomaban tras el muro pero, con las prisas, caló el coche al cambiar de marcha.

El coche volvió a despertar cuando los jóvenes saltaron a la calle desde el descampado. Estaban de nuevo los tres, Sedna no quiso preguntarse cómo podía haberse liberado el otro de los hierros, pero podía ver sus heridas sangrar profusamente desde el retrovisor, empapándo su camiseta y dejando un rastro rojizo al bajar la tapia.

Dos de ellos eran los jóvenes de la estación, seguidos por un tercer desconocido, de rasgos deformados por aquella sonrisa forzada. Este llevaba un traje elegante pero sucio, cubierto por una gabardina andrajosa y demasiado holgada, manchada de espeso tarquín en los bajos y salpicada de barro. De alguna manera destacaba, como si no fuera todavía tan desastrado como los otros: un animal joven a espera de mudar a adulto y aprendiendo de los mayores.

Consiguió meter la primera cuando ya los tenía sobre el maletero. Los chicos la persiguieron durante unos metros hasta que aceleró, pasando de los cincuenta por hora.

as figuras se empequeñecieron en los cristales, despidiéndose agitando los brazos. Aún con las ventanillas cerradas, el viento arrastraba hasta ella sus risas, y lo siguió haciendo un buen rato después de haberlos perdido de vista.

No paró hasta salir de aquel barrio y alejarse mucho de aquella parte de la ciudad. Al llegar a una plaza bastante concurrida decidió llamar al trabajo y decir que estaba enferma. Tampoco mintió: comenzaba a notar la pesadez y el destemple propios de la fiebre.

Durante el camino de vuelta se dio cuenta de que no conseguía quitarse de la cabeza a aquellos chicos gritando en mitad de la calzada. Había dicho algo cuando se despedían, algo que había creído entender a medias entre las carcajadas dementes.

La habían llamado por su nombre.