Sedna no quería estar allí.

Se sentía débil, sola y angustiada.

El atasco se extendía varios kilómetros en aquella entrada de la ciudad, un erial de asfalto y tierra en el que tan sólo acertaba a crecer algún arbusto solitario y raquítico.

A su alrededor, las carreteras se entrecruzaban en una maraña de salidas, desvíos y curvas caprichosas, volcando de un lado a otro el tráfico ciego y denso. Sedna se sintió como una pequeña gota de sangre arrastrada por las arterias de un gigante infartado de lunes.

Atenazada por la inquietud, bajó la ventanilla e intentó evadirse. El día había amanecido envuelto en gruesas nubes, recordándole que aún faltaba mucho para la primavera. El sol había huido del cielo, dejando en su lugar un ascua débil y pálida que apenas lo teñía de gris.

Pese a lo mortecino, el firmamento invernal tenía cierta belleza desolada. Podía imaginarse ascendiendo despreocupada a las alturas, lanzando vistazos indiferentes a su espalda, donde la muchedumbre encerrada en los coches repetía su incansable rutina, como insectos perdidos camino al hormiguero.

e evadió, dejando volar su mente entre torres de nubes grises y apagadas, lejos de aquella vida moldeada a contrarreloj, envuelta en chapa y humos de escape. Apartada de la angustia y la inquietud: en paz consigo misma. Como aquel joven de la estación.

Hace tres días Natzio y ella habían llevado a los niños a la ciudad buscando de manera desesperada pasar un sábado en familia. Pasearon por un par de museos, comieron en un restaurante bonito y vieron alguna película olvidable. Cuando los grupos de jóvenes comenzaron a sustituir a las familias por las calles, decidieron volver tomando el Cercanías.

Cuando ya estaban en el andén haciendo cola para poder subir –Sedna presentía que estaba dejándose una vida haciendo colas-, un griterío se propagó entre la gente.

La muchedumbre se abrió al paso de un par de jóvenes de una etnia oscura –árabes, quizás sirios- que corrían cargados con mochilas pesadas.

Unos policías les perseguían de cerca dándoles el alto mientras otros agentes se posicionaban en la penumbra de los pasillos altos del andén. Ninguno pareció atreverse a desenfundar en mitad de una estación tan abarrotada.

Se oyó un ruido grave y rotundo, como el de un gigantesco mazo de demolición, y la cabeza de uno de los jóvenes se desvaneció en una nube de rojo y gris. Cundió el pánico y todo el mundo se agachó asustado y gritando. Ella misma se abalanzó, abrazando a sus hijos, y recordaba como Natzio les obligó a bajar la cabeza para que no fueran testigos de lo que pasaba. Pero ella siguió mirando.

Vio el cuerpo descabezado avanzar vacilante un paso antes de derrumbarse. Vio a su compañero mezclarse con los pasajeros. Vio cuando un francotirador erró el tiro y dejó sin rodilla a un pobre señor en traje de pana. Y vio cuando el joven pasó a su lado, sonriendo.

Sus miradas se cruzaron un instante; la del chico era limpia y calmada, la de Sedna, asustada y triste. Él se paró y abrió la boca, llegando a pronunciar algo en una lengua extraña llena de chasquidos, pero un tercer tiro le abrió el pecho y la salpicó de sangre.

Un claxon histérico la sacó de su ensimismamiento. De nuevo en la realidad, escuchó los gritos del resto de conductores codiciando, como sabuesos famélicos, el hueco de unos metros que había quedado libre delante de ella.

Sedna se sintió acosada y constreñida, la habían expulsado de aquella paz celeste, emparedándola de nuevo dentro de la marea de metal. Harta de todo aquello, decidió que cualquier desvío sería mejor que permanecer un segundo más en aquel caos.

Casi en respuesta a su plegaria, un monovolumen a su derecha se desplazó unos metros, dejando un pequeño hueco por el que se atisbaba un desvío, una derivación en desuso por la parte vieja de la ciudad.

Viró bruscamente antes de que nadie reaccionara y aceleró en el poco espacio que le dejaron, lanzándose hacia la salida. Los conductores juraron a su espalda, pero enseguida se apresuraron a tomar el puesto que había dejado, como buitres repartiéndose carroña.