Buenas noches.
Por mi horario, paso bastantes noches en vela y me he aficionado a vuestro programa. Me ayudáis a que las horas
pasen mucho más rápido.
Nunca antes he llamado porque me da mucho corte que mis compañeros me reconozcan por la voz, pero quería escribiros acerca de lo que planteó Margarita_15 sobre los arcontes hace
un par de noches.
Margarita preguntaba acerca de por qué parece los stalker adoran o rezan a los arcontes: siempre con medallitas, ofrendas y cosas de esas. Pues bien: yo soy stalker y, aunque no puedo hablar por todos mis compañeros, creo que con mi historia podríais comprenderlo un poco mejor.
Nunca he tenido mucha suerte. Dejé colgados los estudios porque no les veía mucha salida y, en aquellos años, era
bastante fácil encontrar un curro sin que te pidieran siquiera el grado escolar.
Durante un tiempo me fue bien: encadené unos cuantos curros, me largué a vivir con mi pareja y hasta tuvimos una
pequeña preciosa. No era la mejor de las vidas, pero me gustaba.
Con la crisis la cosa se empezó a torcer: los curros eran pocos, de mierda y mal pagados. Mi pareja se largó en cuando el dinero escaseó: le vio las orejas al lobo antes que yo, pilló
nuestros ahorros y se largó, dejándome con nuestra hija. Pero ni con esas me amilané.
Mi vecina –la llamaré señora Carmen-, nos ayudó muchísimo.
Era mayor y no le importaba quedarse con la niña cuando conseguía algún contrato. Por mi lado, solo me llovían puestos
temporales que nadie quería: guardias nocturnas, extras en festivos; y todo mal pagado, por supuesto.
Tiré un tiempo de ayudas. No es que fuéramos holgados, pero tampoco recuerdo haberme ido a la cama con la angustia de
no saber si podría dar de comer a mi hija, así que supongo que fue bastante mejor de lo que vino después.
Cuando quedó claro que aquella crisis venía para quedarse comenzaron a cerrar el grifo para todas las familias que no nos ajustábamos a lo que a ellos les gustaba. Recuerdo que incluso un vecino del barrio me acusó de haber estado viviendo a costa de sus impuestos gracias a mi hija, y que se alegraba de que por fin me quitaran “la paguita”. Esa noche la señora Carmen tuvo que quedarse con mi hija hasta que me soltaron de comisaría.
Dos semanas más tarde nos echaron del piso y nos fuimos a vivir con ella. Fue un año duro: sobrevivimos los tres con una pensión de mierda y mis sueldos de días sueltos, pero no me quejo: ¿acaso no es ese el orgullo de esta ciudad? ¿Prevalecer ante la adversidad?
Comparado con el limbo en el que se había transformado nuestra vida, el día N pasó sin pena ni gloria. Para mí no hubo explosiones, ni batallas ni una espantosa caída en la barbarie.
No me di cuenta de que pasase nada raro hasta que no escuché a unos voluntarios del comedor social hablar preocupados por su conexión de internet.
Esa noche, sin embargo, sí que la noté muy distinta. La ciudad estaba muy callada, como si todo el mundo se agazapase con miedo en sus casas. En el cielo, la luna llena se había transformado en una fina línea curva, como cuando está a punto de llegar la luna nueva.
Al día siguiente mucha gente fue a trabajar como si no pasase nada, pero estaban tensos y mirando para todas partes. Parecía que estuvieran esperando que alguien les diera permiso para
ponerse histéricos y asumir que había ocurrido un desastre. A lo largo de aquella mañana el ejército se atrincheró en el banco central y muchos lo tomaron como la señal que buscaban.
Hubo muchísimos que liaron el petate, se hicieron con un coche y se largaron. Algunos fueron a buscar a sus familiares o amigos a otras ciudades, aunque también los hubo que sencillamente querían huir. Esto último me parecía un poco absurdo: ¿Por qué huir del único sitio en el que, evidentemente, no había pasado nada malo? Tras aquella noche Zaragoza amaneció casi desierta y comenzaron los saqueos.
No voy a intentar fardar para caeros bien, en aquel momento lo que más me importaba era que no les faltase comida a mi hija y la señora Carmen, así que cuando un amigo del barrio me habló de saquear el supermercado no me lo pensé dos veces.
Cinco años de crisis nos habían enseñado a valorar una buena despensa, así que arramblé con suficiente alimento como para alimentar un regimiento, siempre y cuando no tuviera gustos más allá de la pasta, el tomate y las latas de conservas.
Por desgracia tuvimos que negociar gran parte del botín con gente más inteligente, que escogió saquear farmacias en lugar
de supermercados. Ningún trato fue justo y recuerdo que teníamos que defender lo poco que teníamos con uñas y dientes de gente aún más desesperada que nosotros, pero al menos en aquel momento podía hacer algo al respecto – aunque fuera pelear- en lugar de sentarme a mirar cómo se iba el mundo a la mierda.
Con el tiempo la cosa se asentó. Alrededor de los militares se aglutinó un campamento enorme de personas que buscaban su protección y aquellos, finalmente, decidieron dejar de esperar a quien quiera que esperaran para ocuparse de la ciudad, montar un consejo y empezar a organizarlo todo.
Los barrios más pijos se habían aislado, fortificándose y guardándose para ellos una cantidad obscena de víveres, pero el consejo se plantó ante ellos con mucha educación y tanquetas, convenciéndoles de que se uniesen al resto de la
ciudad por las buenas.
En aquellos días ya no quedó apenas nada que saquear, pero comenzamos a robar por encargo para gente con recursos que
quería cosas raras. No eran curros bonitos y los pijos que nos contrataban nos odiaban a muerte, pero les hacíamos falta para seguir llevando su tren de vida. Al consejo, sin embargo, no le hacíamos ninguna falta, y no se cortó al aplicar mano dura con nosotros.
Supongo que la ciudad mejoró mucho entonces, pero a las bandas nos jodieron a base de bien. Las más grandes y mejor organizadas, que habían llegado a montarse sus propios castillos en el Kasan y el Montesol, cayeron de un plumazo en cuanto el consejo de lo propuso.
Las pequeñas aguantamos un tiempo, pero solo porque los militares no se la querían jugar calle a calle por El gancho; en su lugar, prefirieron esperar. Fueron dando con nosotros uno a
uno. Primero pillaron a los más idiotas y luego, conforme estos nos delataban al resto, fuimos cayendo los demás.
Un día, al volver de un encargo para un viejo verde -seis cajas de porno a cambio de antiinflamatorios y antibióticos- me encontré a los guardias apuntando a la señora Carmen y a mi
hija. Me confiscaron todo lo que tenía y me dieron a elegir entre la cárcel, con trabajos forzados en el muro de Valdefierro y sin ver a mi hija en dos años, o currar de Stalker para ellos y
volver cada noche a casa (si sobrevivía). No lo dudé ni un
momento.
Antes de salir a las ruinas, tenía que recibir dos semanas de formación especializada, no tanto para robar –que ya sabía sino para volver con vida y lo saqueado. Las “clases” se impartían en un viejo instituto de las afueras, al que nos llevaron en un autobús desvencijado, una cafetera vieja que
algún genio había conseguido hacer funcionar con aceite usado a cambio de dejar un denso humo con olor a fritanga.
El instituto no estaba mucho mejor y consiguió que mi casa del Gancho se me antojase una puñetera mansión. Consistía en un puñado de casetas prefabricadas con pladur y escayola, desperdigadas por un pedregal que en su día debió de ser un jardín no muy bonito.
Había un murete de ladrillo descolorido rodeando toda la zona,recordando a los campos de concentración de las películas. Los militares lo habían reconstruido, añadiendo un par de garitas y algo de espino en la parte superior. Imagino que todo aquello
era para evitar que nos escapásemos, pero se respiraba tal ambiente de dejación y el desanimo era tal que no nos habríamos largado aunque nos hubiesen abierto las puertas de par en par.
Tras enseñarnos los barracones de hombres y mujeres, nos reunieron a todos en un oscuro salón de actos apolillado para darnos una charla introductoria. Yo, con mi suerte de siempre, me fui a sentar delante del mas gilipollas de todos los allí reunidos. No tardó ni cinco minutos en dirigirme la palabra.
– Oye guapa, he visto muchas tías, pero nunca una tan exótica como tú –me dijo.
A su lado tenía el típico grupo de colegas que le seguían como perros falderos, riéndole cada palabra que decía aunque ni siquiera fuera un chiste. Al ver que yo le ignoraba, se
encaramó a mi butaca.
– ¿Por qué no te quitas un poco ese pañuelo?
– Lo siento –le respondí sin mirar, intentado que se diera por aludido
– ¿Qué pasa? –me susurró al oído. Note una vaharada de aliento que olía a leche rancia- ¿No te deja tu novio salir sin burka?
– Es un Hijab –conteste incomoda, debatiéndome entre largarme de aquella butaca o montarle un follón
– Pues conmigo no tendrías que llevarlo, morita. Yo sería mucho más permisivo con lo de tu toca.
– Te he dicho que es un Hijab, gilipollas –le corté sin pensar
– ¿Qué me has dicho, zorra? –alguno de sus amigos se le empezaron a descojonar y él se echó para atrás sorprendido.
– Que es un hijab -le dije, esta vez volviéndome-, el burka es lo que tendría que haber llevado tu madre para que su
hermano no la dejase preñada de ti.
Algunos de sus amigos se le empezaron a descojonar y el tío se empezó a poner colorado del cabreo. No soltó ni cuatro
juramentos cuando tres guardias se metieron entre las filas de butacas y lo calmaron de un porrazo en la espalda. El resto de la mañana me estuvo matando con la mirada como un niño aun chivato.
Durante los primeros días nos explicaron muchas cosas sobre el cuerpo de stalkers. Nos hablaron acerca de cómo los exploradores arriesgaban su vida encontrando lugares bizarros y peligrosos más allá de Zaragoza, y de cómo luego nosotros teníamos que entrar una y otra vez en aquellas trampas
mortales para saquear.
Nos hablaron de lo mucho que íbamos a aportar a la ciudad y
de cómo nuestro tesón se valoraría más que ninguna otra
aptitud. Lo que por supuesto obviaban era que nuestra
principal virtud era ser totalmente prescindibles para la ciudad.
Estudiamos los Grandes Lugares Extraños (o GLEs) y las
incursiones que se habían logrado en ellos, trayendo tesoros
extraños o recuperando pertrechos y tecnología. No
enseñaron todas las trampas con las que habían muerto
nuestros predecesores y nos explicaron la manera de evitarlas.
Casi hacían que pareciera seguro. Casi.
Uno de los últimos días, tras cenar en el pabellón común, me
salieron al paso los gilipollas del salón de actos. Todos parecían
perros ansiosos que no tenían muy claro si ladrar o salir
corriendo; todos menos el cabecilla, que se me acercó
confiado.
– ¡Mira a quien hemos pillado solita, si es la morita!
Las palabras se le derramaban de la boca y se movía como
bailando, imitando a las pelis de boxeadores. Llevaba ambas
manos vendadas y me miraba como un gato a su presa.
– ¿Qué pasa? ¿No te acuerdas de quién soy?
– No te presentaste –le respondí, intentando parecer fría
mientras intentaba adivinar de donde me llovería el
primer puñetazo.
– ¿Os habéis dado cuenta? –dijo, volviéndose a sus colegas-
¡a la mora le quedan ganas de coñas!
Algunos sonrieron pero no hubo carcajadas. No estaban a
gusto con lo que sabían que iba a pasar, y eso hacía que el
gilipollas se sintiese más el rey de la situación. Puso los brazos
en jarras y me clavó la mirada.
– ¿Sabes? –continuó-, nunca me la ha chupado una mora –
bajo el tono y se acercó a mí- pero me da reparo que me
la muerdas con esos dientes. Igual tendríamos que hacer
algo con ellos ¿no?
– Mira, yo… -le respondí mientras me encogía, dejando que
se confiase. Me llevé la mano derecha al hombro
izquierdo, como queriendo cubrirme un escote
imaginario.
– ¿Qué pasa zorrita? –sonrió enseñando todos los dientes.
Noté como arqueaba el cuerpo, listo para darme la
primera ostia- ¿ahora no eres tan valiente sin guardias
cerca?
– No me hagas daño –musité mientras me fijaba en unos
guijarros grandes en el suelo.
Para el muy cabrón eso fue el disparo de salida. Esperaba
ansioso la primera señal de humillación y atacó como un toro.
Afortunadamente, los gilipollas de bar como el siempre
pensaban que un cabezazo era la mejor manera de sorprender
en una pelea. No tuve más que levantar el codo derecho y
apretar los dientes al aguantar el envite.
Escuché algo crujir –luego me enteré que se había partido las
palas contra mi hombro- y el gilipollas se echó para atrás
sangrando como un cerdo. No esperé a ver qué tal estaba:
agarré la piedra más grande que pude del suelo y se la
descargue cuatro veces sobre la cabeza hasta que cayó
lloriqueando al suelo.
Le rodee y le sacudí un par de patadas en los riñones para
quitarle las ganas de levantarse heroicamente, pero solo se
quedó en posición fetal soltando un chillido quedo, como un
animal pequeño. Me volví mirando al resto de sus colegas, que
en ese momento se apartaban asustados sin saber muy bien
que hacer.
Pasé entre ellos sin volverme a mirar. Me fui directa al
barracón de mujeres y hundí la cara en la almohada para gritar
de miedo y rabia. Luego una compañera me acompañó a
enfermería para que me mirasen el codo y los nudillos. Nadie
me preguntó que me había pasado. Al parecer aquello debía
ser corriente.
Los últimos días aprovecharon para hablarnos de los arcontes.
– Tenéis que entender que esas cosas no son buenas, ni
malas –nos afirmaba un profesor arrugado como una
pasa, doblado bajo el peso de los años y el mal genio-, se
parecen más a una fuerza de la naturaleza. ¿Es malo un
relámpago? No, pero si alcanza uno en una tormenta date
por jodido. Con los arcontes casi igual.
– Pero entonces –preguntó un chaval de piel cobriza en las
primeras filas – ¿Por qué lo del salmo? ¿No sería como
rezarle a un terremoto?
– ¿Cómo te llamas? –le interrumpió el profesor con tono
paternalista
– Balsa, señor –respondió el joven con una sonrisa
estúpida, orgulloso de su protagonismo.
– Eres gilipollas Balsa. ¿Crees que a los arcontes les importa
que les reces? –levantó la mirada de nuevo, esta vez
dirigiéndose a todos nosotros- ¿creéis de verdad que a los
Arcontes les importáis algo, o que aunque sea les
molestáis? –dejó un silencio corto, como esperando
alguna respuesta- No. Los arcontes ni siquiera son
conscientes de vuestra existencia. Bueno –se corrigió-, en
algo si os harán caso. Les importa vuestro miedo, vuestra
angustia. Vuestras emociones son su bufe libre y, si dejáis
que las sientan, os buscaran como las polillas la luz para
sorberos los sesos. Y creedme. Esto no es una leyenda de
los páramos.
– Y el salmo… -respondió Balsa titubeante.
– ¿Lo de Alabados Sean? Funciona, sí, pero es mnemotecnia
pura. Lo de que sea un salmo no sirve para una mierda. Es
la mezcla, esas eles, esas eses, y el estado mental en el
que entras al repetirlo como un mantra. Si alguno lo
encontráis molesto siempre podéis jugar a cambiarlo.
¿Queréis decir alabadas saan? ¡Pues adelante! –nos hizo
un gesto cansado con la mano mientras bajaba el tono-
¡Solo es vuestra vida lo que está en juego si trastabilláis!
Cuando terminamos las dos semanas nos dieron un petate con
equipo a cada uno: más caras de gas, virutas de metal, ropa de
comando, algún arma. Todo parecía funcional, pero no
inspiraba mucha confianza que todo estuviese usado; a mí me
tocó una máscara antigás con olor a rancio y dos nombres
tachados en el interior.
Nuestro “bautismo de fuego” iba a ser sencillo. Nos montaron
en un camión militar con la lona recosida y descolorida y nos
llevaron hacia el norte, a la antigua ciudad del transporte.
Dentro de la angustia de ir a un sitio en que puedes morir por
cualquier chorrada, me gustó que fuéramos precisamente allí´:
había trabajado hace años en las plataformas logísticas y
pensaba que sería más fácil salir con vida si conocía el sitio.
Hasta que no llegamos no entendí lo mucho que el día N había
cambiado las cosas.
Al recoser la lona, alguien decidió añadir pequeños ventanucos
de plástico pegado por termofusible por lo que, aunque no
hablamos casi nada en todo el viaje, fuimos pegados a las
“ventanillas” viendo las afueras.
La carretera estaba resquebrajada e invadida por maleza,
como si hubieran pasado años y heladas sin que nadie se
hubiese preocupado por ella. En más de una ocasión el camión
saltó al pillar un bache o pasar por encima de una de las
descomunales raíces que cubrían el asfalto como varices.
Llegamos a pasar tan cerca del rio Gállego que incluso vimos a
lo lejos la brecha temporal. Aun en pleno día, se distinguía una
cortina oscilante de luz violácea detenida sobre el rio; me
recordó a las auroras boreales que había visto de pequeña por
la tele.
Los guardias recomendaron no la contemplarla mucho rato
directamente y sin gafas de sol, pero hubo un par que no
hicieron caso y estuvieron fijamente todo el camino. Cuando
llegamos a destino, seguían quietos en la misma posición, sin
responder a los gritos ni los empujones que les dieron. No
llegaron a bajar del camión y esa noche los enviaron al hospital;
nos sirvieron de ejemplo al resto pata tomarnos todo mucho
más en serio.
Paramos a las afueras del recinto, al lado de la estatua que
antaño recibía a los camioneros. Ahora estaba semiderruida y
cubierta de óxido. Alguien había pintado con spray “irse de
aquí, peligro”, pero cualquiera con sentido común se abría
alejado de allí echando ostias sin necesidad de avisos.
Las naves, que se elevaban solitarias al otro lado de la
autopista, habían sufrido un cambio radical. Las que se habían
derruido presentaban un armazón de hierros y tablones a su
alrededor, como si en lugar de haberse hundido sobre si
mismas hubieran estallado en hierro y metal, y la explosión se
hubiera cristalizado en un andamio imposible.
Las que seguían en pie, sin embargo, parecían haber seguido
creciendo. Y digo creciendo refiriéndome a algo biológico,
repitiendo su estructura -levemente deformada cada vez- en
segundos, terceros pisos e incluso más alto, generando
balcones colgantes como si de ramas de árbol se tratase.
Seguían siendo naves de metal y bloques de hormigón, pero su
silueta sugerían una lenta transformación a sustancias más
orgánicas y llenas de poros, como las colonias de hongos o los
avisperos.
Aquello debía ser sencillo: era un GLE tipo uno, mortal si te
metías sin tener ni idea pero, para saqueadores
experimentados como nosotros, solo sería tremendamente
peligroso. Nos aseguraron que no se detectaba la presencia de
Arcontes desde hacía semanas, pero tampoco debíamos
confiarnos.
La razón de que nos fuéramos a jugar la vida en este vertedero
de chatarra podrida, aparte de que el consejo pensase que era
lo único que podíamos ofrecer a la ciudad, era por las baterías
de plomo. Alguien con muchos cojones y tiempo libre había
comprobado que todas las baterías de plomo que pasaron allí
el día N daban una potencia 10 veces mayor, pero sin agotarse
en ningún momento. Nos dividieron por parejas, nos asignaron
zonas sobre un mapa y nos aseguraron que, a cada pareja que
volviese con una batería, le darían dos semanas de permiso
con su familia.
A mí me tocó con Balsa, el bocazas de la promoción. Todos
íbamos bien protegidos contra frio cortante, pero él se
empeñó en frotarse una crema de algún animal que no conocía
“porque iba mucho mejor”.
– Esta crema –me dijo mientras se embadurnaba la cara- la
trajo mi madre de Perú hace años. No se hace crema
como esta en España ¿sabes?
– Ya no se hace crema –le respondí mientras me calaba una
braga militar sobre el hijab-, ni nada. En ninguna parte.
El lugar impresionaba tanto que todos procurábamos hablar
en susurros, como cuando entrabas en algún templo. En
cuando nos alejamos del grupo principal para adentrarnos
entre las callejas, sus voces se extinguieron y solo
escuchábamos el constante ulular del cierzo.
El viento silbaba libre entre las ruinas, produciendo notas
extrañas y arrastrando el sonido de una multitud de hojas
arañando el suelo, pero todos los árboles que rodeaban aquel
lugar estaban desnudos y retorcidos, quemados por aquel
invierno constante. Le pregunté a Balsa sobre su vida para
intentar romper aquel ambiente ominoso; enseguida eché de
menos el viento.
Su padre era peruano, de Nasca. Desde muy joven se había
echado al desierto como huaquero, a buscar tesoros
enterrados en tumbas, por lo que lo de stalker ya le venía a él
en la sangre. En una salida, el hombre tuvo suerte al seguir a
una llama nocturna del desierto y encontró la tumba de alguna
bruja o princesa, quizá ambas cosas. Con el dinero que sacó,
envió a su madre y a él a España, pero murió poco después por
el mal de huaca.
Seguidamente se puso a explicarme todos los pormenores que
le había enseñado su padre acerca que asaltar tumbas y me
detalló todas las riquezas que había conseguido.
– Si también os fue –le pregunté- ¿Cómo es que ahora estas
aquí, jugándote el cuello con el resto de nosotros? –y así,
sin querer, conseguí que se callase un rato.
La nave que nos había tocado, afortunadamente, no era de las
más deformes. Era un almacén logístico de varios pisos, la
mayoría de ellos abiertos al exterior, al que simplemente
parecían haberle añadido demasiadas escaleras en las paredes.
En lo alto del tejado también parecía haber alguna
protuberancia, como si a las chapas de metal les hubieran
salido verrugas retorcidas y gigantes, pero seguramente no
tendríamos que subir allí para nada.
Por si acaso nos ajustamos las máscaras antigás y avanzamos
hacia la puerta principal. Unos metros antes, Balsa me paró y
señaló unos pequeños remolinos de gravilla en el suelo.
– ¡Van a contra viento! –me advirtió, levantando un poco la
voz para que se le oyese a través de la máscara
Nos alejamos un par de pasos, cogimos sendos puñados de
virutas de metal y las tiramos por encima de la zona tal cual
nos habían enseñado. Casi al instante, las virutas de nuestra
izquierda se quedaron congeladas en el aire y comenzaron a
girar frenéticamente sobre sí mismas. Se pusieron al rojo vivo,
de ahí pasaron al blanco incandescente y, seguidamente,
hirvieron con un silbido histérico.
Cuando ya me levantaba, Balsa me puso la mano sobre el
hombro para que esperase y me señaló las virutas justo
enfrente mío. Habían caído normalmente sobre la calzada
resquebrajada, pero ahora comenzaban a hundirse en ella de
forma lenta y casi imperceptible. Balsa cogió una tuerca algo
más grande y la tiró al mismo sitio: en cuanto pasó por encima
de la zona cayó recta al suelo y este comenzó a tragársela
como si fueran arenas movedizas.
Sólo nos quedó un estrecho pasillo entre aquellas trampas, por
que pasamos de lado e incluso metiendo tripa. Luego
repartimos algo más de viruta para marcar el camino de vuelta
y seguimos acercándonos a la nave, ahora mucho más alerta.
El interior era un laberinto de maquinaria destripada, pasarelas
caídas y placas de escayola derrumbadas. De algún sitio en la
oscuridad llegaba el rumor de agua cayendo y alguna pieza de
metal meciéndose con el viento. Encendimos sendas linternas
y nos repartimos dos zonas para examinar, siempre sin perder
el contacto visual el uno del otro: yo un pasillo elevado, él, la
maquinaria junto a los muelles de camiones.
En mi zona solo encontré basura y más basura, y me plantee
cuantos stalker habrían estado en aquel mismo pasillo sin
encontrar nada y por qué coño a nadie se le ocurrió marcarlo
con algún cartel que nos ahorrase el esfuerzo. ¿Acaso un puto
letrero de “Aquí ya hemos estado” resultaba mucho más caro
que mi propia vida?
Balsa, sin embargo, tuvo suerte. Me llamó usando el clicker
varias veces y, cuando le vi sostener ufano una batería por
encima de su cabeza, comencé a creerme todo lo de tener
alma de huaquero.
Casi al instante, vi al otro emerger de la oscuridad de la nave.
Intenté a avisar a Balsa pero, con la máscara tapándome la
boca, no debió entender nada de lo que grité. Cayó al suelo
redondo en cuanto el otro le dio en la cabeza con un bate.
– ¡Sí, soy yo –gritó el gilipollas mientras pisaba la espalda de
Balsa-, el Richar! ¿Ya no me esperabas zorra?
Me quité deprisa y corriendo la máscara, preguntándome
como cojones había tenido el valor de separarse y seguirnos a
lo largo de todas las ruinas. Pero enseguida entendí que
aquello no era valor, sólo orgullo herido y mucha estupidez.
– ¿Qué pasa, morita? –preguntó mientras miraba el cuerpo
de Balsa- ¿Le he hecho daño a tu novio? ¡Aún respira!
– Soy de Alcañiz, gilipollas –le grité esta vez bien a gusto-.
Si tienes algo contra mi sube aquí lo aclaramos, imbécil.
– Oh, no –respondió, poniéndose serio bruscamente-, ya he
aprendido que eres de las putas que arañan, así que –dijo
mientras sacaba una pistola- primero hay que atontarte y
sacudirte.
Nunca en mi vida, me habían apuntado con un arma, ni
siquiera la policía cuando vino a buscarme. Había visto esa
escena en pelis, por supuesto, y había leído novelas donde a
los protagonistas esquivaban los disparos simplemente
agachándose.
Pero que alguien te apunte en la vida real con una cosa que
está diseñada únicamente para matarte impresiona mucho
más de lo que parece. Me quedé quieta en el sitio,
preguntándome si bastaría con tirarme a un lado cuando
creyese que iba a disparar. Mientras tanto, Richard
saboreaba el momento, pasándose la lengua por los labios
cortados mientras apuntaba a mi pecho.
Por el rabillo del ojo, distinguí como una tolva hacía de
tobogán hasta otra parte de la nave y comencé a tensar el
cuerpo para saltar lo más rápido que pudiese. De repente,
Balsa se levantó y le sacudió a Richar con la batería que aún
agarraba. Richar disparó casi por instinto al sentir el golpe
en la espalda, pero desvió el tiro y me impactó en el brazo
izquierdo.
Quise saltar en el momento del disparo, pero ya fue
demasiado tarde. Noté un puñetazo fuerte en el brazo,
como cuando me peleaba en el pueblo, y me retorcí en
mitad del salto, cayendo de mala manera por la rampa de la
tolva.
Recuerdo que, mientras me levantaba dolorida, escuché los
juramentos de Richar rematando a Balsa con otros dos tiros.
Eché a correr hacia la oscuridad, sin un rumbo fijo y
esperando poder encontrar un escondite.
Mientras caminaba por los pasillos oscuros de la nave me
empecé a plantear que probablemente moriría allí. Y no por
una trampa extraña salida de otra dimensión, sino a manos
de un gilipollas, al que la gente respetaba por ser un cabrón
con los demás, y que se había hecho con una pistola.
Seguramente habría robado el arma a un guardia, y cuando
se dieran cuenta de esto el castigo sería ejemplar pero ¿de
qué me serviría a mí estando muerta? ¿De qué le serviría a mi
hija?
Oí a Richar acercarse mientras me insultaba y me metí por
una estrecha escalera que subía hasta un piso de oficinas. A
mitad de subida el dolor del disparo comenzó a venirme en
oleadas y me tuve que agarrar a unas tuberías sueltas para
no caer. Vomité bilis sobre mis botas y Richar debió
escucharlo, porque sus pasos sonaron más fuertes cada vez.
El piso exterior estaba mucho mejor iluminado gracias a
grandes ventanales que se abrían al páramo. La mayoría de
los cristales estaban rotos y dejaban entrar un viento
helador que me serenó un poco. Pensé que ese sería mi
último paisaje. No volvería a ver nunca la ciudad, ni cenaría
de nuevo con la señora Carmen. Las últimas palabras a mi
hija fueron un “volveré en nada” que sería incapaz de
cumplir. La impotencia se juntó al dolor del brazo y me
devoró por dentro. Y en ese momento llegó.
Sentí como el aire a mí alrededor se volvía menos denso y
los colores ganaban en saturación, como si estuviera viendo
el mundo a través de una cámara de fotos vieja. La angustia
y el dolor dejaron paso a una sensación a caballo entre el
hambre y la náusea, y noté mis pies caer aunque estuviesen
bien apoyados en el suelo. Nos habían enseñado muy bien
las señales como para confundirme: un arconte me había
olido y se estaba acercando.
Un miedo cerval se apoderó de mí en esos instantes. Ya no
era la angustia de la muerte que se aproximaba a manos de
Richar, sino un destino mucho peor a manos de algo que se
deleitaría en mi sufrimiento hasta devorar el último de mis
pensamientos.
Miré a mí alrededor, buscando algún lugar donde
esconderme el tiempo suficiente. Ya no consistía en vencer
a Richar en una pelea imposible, sino en que el gilipollas se
convirtiese en la gacela más lenta cuando llegase el león.
Vi un pequeño cuarto interior con unos armazones de metal
tirados, seguramente una antigua sala de rac, y me metí sin
pensar ahí dentro. Cerré la puerta lo mejor que pude y me
puse espalda contra la pared mientras comenzaba a recitar
el salmo.
– Alabadoseanalabadoseanalabadosean –susurraba sin
parar, pero realmente estaba pensando “no a mí, por lo
que más queráis, lleváoslo a él”
– ¿Te crees que me puedes despistar, puta? –escuché a
Richard mientras llegaba al piso donde estaba.
Solté un respingo y el dolor volvió a irradiarme desde el
brazo, pero intenté sacarlos de mi cabeza, concentrarme en
el salmo.
– Alabadoseanalabadosean –apreté los puños y cerré los
ojos intentando concentrarme.
– Puedes huir, pero no esconderte –chillaba el gilipollas
mientras abría armarios a patadas-. Cuando acabe
contigo igual paso a visitar a tu hija y a la vieja quela
cuida.
– Alabadoseanalabadosean –me vino la imagen de Richar
llegando a casa de la señora Carmen y sentí que las sienes
me palpitaban con ira.
Intenté apartar todo sentimiento, pero la cara de mi hija
volvía una y otra vez y me sentí realmente idiota. Sin parar
de salmodiar, me concentré en lo que nos dijeron en las
clases y aparté incluso la impotencia de mi cabeza. Solo
pensar en la respiración. Y el salmo. Y el aire.
– Así que aquí estabas, ¿eh, cerda? –dijo el abriendo la
puerta donde estaba
– Alabadoseanalabadosean –dije yo sin parar, y lo mismo
pasaba por mi cabeza. Mis ojos le veían a él con la pistola,
pero mi mente solo repetía las palabras una y otra vez.
Por detrás de Richar el aire comenzó a condensarse en una
forma translúcida y vaporosa que se movía a saltos, como el
fotograma acelerado de un video defectuoso. La forma se
moldeó, recordando a una masa de tentáculos quitinosos y
chorreantes que se movían desacompasados. Vibraban en el
aire como las antenas de un insecto buscando comida.
Richar se dio cuenta de lo que yo decía, pero no le dio
tiempo ni siquiera a volverse. Los tentáculos se posaron
sobre sus sienes y los rasgos de su cara se congelaron en un
rictus como si le hubieran conectado electrodos.
Soltó la pistola y se dirigió las manos trémulas a la cara.
Palpó sus ojos y metió la mano en su boca y las narices,
como maravillado al descubrir sus formas. Miró a todas
partes con ojos desorbitados y sin parpadear, hasta clavar
su mirada en mí.
Me observó unos segundos en silencio y de repente
comenzó a imitar mi rostro, mi mirada de miedo y mis labios
en continuo movimiento. Se sorprendió al emitir un sonido y
entonces comenzó a jugar emitiendo sonidos sin sentido y
cambiando los gestos de la cara: Ahora risa, ahora espanto,
ahora enfado, ahora susto, ahora llanto.
Yo me sentía incapaz de moverme. Me limitaba a mirar la
escena y seguir salmodiando, apartando la idea de que igual
la próxima sería yo. Ni siquiera me sobresalté cuando Richar
agarró dos pequeñas guías de metal y se las clavó en sendos
ojos, para después retorcerlas como un niño jugando con
unos prismáticos.
El arconte separó sus tentáculos en ese momento, dando
paso a un Richar atenazado de dolor que tan solo pudo
chillar de pánico. Creo que llamó a su madre, pero tampoco
atendí demasiado: estaba demasiado preocupada en no
equivocarme con las palabras.
De entre los tentáculos del arconte surgió un pico babeante
que se clavó en el cráneo del gilipollas, con el mismo crujido
de una manzana al morderla, y comenzó a devorarlo. Con
cada succión el cuerpo de Richar se sacudía descontrolado,
golpeando con las manos y los pies como una muñeca
sacudida por el viento.
Cuando el cuerpo dejó de moverse el arconte se levantó y se
dirigió hacia mí. El cuerpo era igual de inconsistente que su
cabeza y parecía del de un señor delgado y alto, embutido
en algún tipo de frac. Sus tentáculos cimbrearon a escasos
centímetros de mi cara y se apartaron.
De ninguna parte, el arconte sacó un par de baterías, igual a
la que Balsa había encontrado abajo, y las dejó a mi alcance.
Seguidamente su imagen comenzó a rielar y desdibujarse
hasta simplemente desaparecer.
Yo seguí recitando el salmo un buen rato, hasta que me
convencí que el arconte ya no estaba por allí. Aún en shock,
agarré las baterías con ambas manos y caí al suelo llorando
de dolor por el disparo en el brazo.
Tras un buen rato rabiando, me forcé a levantarme y meter
en un saco ambas baterías para poder echármelas al
hombro bueno. Me comencé a notar febricosa y el frio se
me metía en los huesos, entorpeciendo cada movimiento.
No recuerdo el camino de vuelta. Mis compañeros dicen que
me planté chillando en el camión, tirándoles las baterías a la
cabeza a los guardias y exigiéndoles que me devolviesen
con mi hija. Necesitaron reducirme entre varios para
sedarme y me ataron con correas para el camino de vuelta.
Tras un tiempo en enfermería y observación los guardias
cumplieron su palabra y me dieron, no dos, sino cuatro
semanas de permiso. Aproveché para darle el pésame a la
madre de Balsa, que se tomó la notica de manera bastante
estoica, como aceptando que la muerte de su hijo ya estaba
decidida de antemano y atada a la de su marido. Al menos
se alegró de que muriese intentado defender a un
compañero, le pareció más digno que toda la mierda de
drogas por la lo pillaron.
Por mi parte, hoy por hoy estoy orgullosa de decir que soy
Stalker, y he realizado otras muchas salidas en las que me he
jugado la muerte, o algo peor, por la ciudad.
¿Qué por qué rezó a los arcontes y llevo sus símbolos? De
salida os diré que porque me sale del coño. Me he jugado
tantas veces el cuello por el bienestar de la ciudad que me
he ganado creer en lo que me dé la puta sin que me
cuestionéis nada.
Pero aunque no fuera así, aunque me lo prohibieran tal cual
sugería Margarita_15, lo seguiría haciendo. Y lo haría por lo
mismo que el resto de stalkers: por respeto.
Porque sí, los arcontes son fuerzas mortales de la
naturaleza, pero tienen reglas. Y aunque estas sean
tiránicas, siempre las cumplen y son justos conforme a ellas.
Y en esto son mejores, y más nobles, que cualquiera de
nosotros.