Durante los últimos días hemos recibido una avalancha de cartas en la emisora. Hemos leído cientos de misivas preocupadas por lo acontecido hace unas noches en la Vieja Fábrica, y sorprendidas por la reacción de nuestros Pretorianos.

Hemos de reconocer que también nos sorprendió sobremanera lo expeditivo de nuestros pretorianos. Os aseguro que echaremos de menos la escuálida silueta, recortada contra el cielo crepuscular, de la Vieja Fábrica de cerveza. Aunque solo recordarla me provoque escalofríos.

Muchos de nuestros oyentes más jóvenes ignorarán que, antes del día N, la Vieja Fábrica era, simplemente la fábrica de cerveza. Cientos de operarios orgullosos supervisaban las grandes cubas donde fermentaba la mejor y más especial cerveza.

Los trabajadores llenaban incansables barrica tras barrica. Muchas de ellas se repartían por toda Zaragoza para disfrute de los ciudadanos, y otras tantas se cargaban en grandes camiones y se enviaban a ciudades lejanas.

Pero llegó el dia N, y de aquellas ciudades no quedó no el nombre.

En mitad del caos que se desató no quedaron testigos que nos explicasen que le sucedió a la fábrica. Solo nos lo podemos imaginar en base a sus restos destrozados: muros reventados de piedra oxidada, erigiéndose como los huesos de un cadáver devorado por las alimañas.

Y ya no hubo cerveza para nadie.

Con el tiempo, todos los vecinos que vivían cerca de la Vieja Fábrica se fueron mudando a lugares fuera de su sombra. El propio barrio quedó como un cementerio silencioso donde solo habitaba gente loca o muy desesperada. Fueron ellos los que comenzaron a hablar del Rumor.

Y es que, de noche cerrada, se sentía un murmullo filtrarse desde el suelo. Los vecinos los describían como un ritmo desacompasado, como el estremecimiento de grandes máquinas ciegas trabajando sin cesar, hundidas muchos metros bajo tierra.

Quizás podríamos haber hecho algo, haber detenido aquello cuando no era más que una crisálida. Pero eran tiempos del rey Timmy, y solo los locos y desesperados hablaban del Rumor bajo la Fábrica. Quisimos creer que eran historias fantásticas, cuentos de personas miserables que inventaban cualquier cosa por mendigar algo de comida o medicina.

Pero Timmy pasó, nosotros prevalecimos y la Vieja Fábrica medró, como un tumor que enraíza en un cuerpo enfermo. Fue entonces cuando se empezaron a ver carteles ajados en las calles, anunciando la reapertura de la Vieja Fábrica con una gran fiesta inaugural.

Pero los que nos estéis escuchando jamás los visteis. Siempre fue otra persona la que se encontró con aquellos anuncios en calles abandonadas: un vecino, una amiga, un hermano, una madre… todos seres queridos que se levantaron una noche medio dormidos y acudieron a una fiesta entre las ruinas de la que jamás volvieron.

Pero ni siquiera entonces hicimos nada. Tan habituados estábamos a la desgracia que nos conformamos con que fueran otros los sufrieran un destino cruel y absurdo. Visto en retrospectiva, está claro que fue un error no levantarse contra aquel edificio; pero, ¿quién puede juzgarnos por hacer lo que creímos necesario para sobrevivir?

Poco después aparecieron los camiones. Se los empezó a ver circular por calles desiertas, siempre durante el crepúsculo y la alborada de los días grises. Iban precedidos de un tintineo frenético de botellas que ensordecía el ruido grave de los motores, aunque algunas personas afirmaban que sonaba más a latón viejo que a cristal.

Nadie distinguió nunca a los conductores, ni vio jamás a los camiones parar por cualquier razón. Los transeúntes solitarios que se los encontraban a horas intempestivas los observaban como si hubieran salido de un mal sueño, perforando la realidad y dejando un rastro de angustia y olor pútrido.

Junto a los camiones, volvió también la cerveza. Aunque la etiqueta era muy parecida a la de antes del día N, en esta rezaba simplemente “cerveza normal”. Los que la probaron cuentan que sabía extraña y que dejaba un sabor a huevos podridos en la boca.

También aparecieron otras cosas creadas en la Vieja Fábrica. Siempre fueron piezas únicas, que se encontraron mezcladas entre sus similares. Unas veces fueron muñecas contrahechas de plástico y trapo, amontonadas al fondo de baldas polvorientas en los todo a 100, y otras fueron manzanas de polexpan negro, colado entre un montón de manzanas reales. Pero todas llevaron siempre, en alguna parte, el pequeño sello de la fábrica donde se leía “Normal”.

Pronto aprendimos a vivir evitando los botellines de cerveza y acostumbrándonos a la desagradable sorpresa de encontrar un objeto “normal” en lugares insospechados. Y así fue hasta hace unos días.

Hará cosa de una semana, nuestros compañeros encontraron una cinta VHS en los váteres de la emisora. Alguien la había dejado allí y, con un viejo celo que apenas adhería, habían pegado un pedazo de papel. En este habían escrito “PoNer el aNuNz1o”.

Como esto les resulto bastante extraño –incluso para nuestro nivel-, decidimos mantenernos al margen y publicitar, en su lugar, el anuncio de la Floristeria Polzl.

Al día siguiente la floristería no abrió, y de sus puertas cerradas emanaba un fuerte olor a fermentación. La policía entró por la fuerza y encontró todas las flores podridas, incluso los cactus. Cuando llegaron a la trastienda encontraron los cuerpos de la familia Polzl, estaban cubiertos de una masa esponjosa y gris, como la piel de una fruta podrida, y se deshicieron en icor y tarquín cuando intentaron moverlos.

Lo único que se salvó de aquel local fue un pedazo de papel arrugado en el que alguien, con un trazo furioso, había escrito “HoS he dicho ke poNer el puto aNuNz1o, pr1mer habiSo”

Evidentemente, nos dimos por aludidos y decidimos ponerlo en nuestro canal de televisión.

El anuncio era sencillo, casi demasiado, con una imagen borrosa y llena de interferencias. Se veía la pantalla completamente blanca, con una silueta mal definida moviéndose de fondo. A los pocos segundos la silueta se acercaba a cámara y repetía «compranuestrosproductos denuestrafábricanormal decosasnormales paraciudadanosnormales somosunafábricanormal notepreocupespornosotros». Si escuchabas atentamente, se podía distinguir también a alguien sollozando de fondo.

Los niños, almas inocentes, comenzaron a encontrar formas en la pantalla blanca y los plasmaron en dibujos para mostrárselos a sus padres. Muchos padres se escandalizaron con lo que mostraban aquellas pinturas infantiles, pero se asustaron mucho más cuando sus hijos comenzaron a hablarles de una fiesta especial para todos los niños.

Y entonces, por fin, nuestro departamento de derecho actuó, haciendo lo que nunca nos habíamos atrevido. Los Pretorianos marcharon sobre el barrio de la vieja Fábrica, armados con tanquetas, bolas de demolición y buldóceres, y no dejando piedra sobre piedra.

Luego hicieron traer grava, tierra y enrona de las afueras en grandes camiones, y anegaron con ellas los grandes sótanos bajo las ruinas. Tardaron en ello tres días con sus noches, tras los que solo quedó un erial pedregoso donde antes se había erigido la Vieja Fábrica.

En estos momentos veo, desde la pequeña ventana de la emisora, el hueco que ha dejado la silueta de la fábrica. Los pretorianos nos han asegurado que ya nunca podrá hacernos daño, que hemos prevalecido a otro horror inenarrable, pero no me quito de la cabeza una incómoda sensación de fatalidad.

Sobre todo cuando me cuentan historias de niños fugados a altas horas de la noche, a los que luego descubren riendo extasiados, plantando la oreja en el suelo como si escuchasen un rumor lejano, en el solar de lo que fue la Vieja Fábrica.