En estos días, en los que la densa niebla reemplaza al repiqueteo de la lluvia interminable, y los niños se ponen nerviosos pensando en el Leon Apap y sus cartas llenas de regalos, en estos días suelo acordarme de la historia del pequeño Timmy.

Timmy apenas era un niño cuando ocurrieron los sucesos del día N. Los que crecieron con él le recuerdan como un jovencito de voz aflautada, disfrutando siempre de su fifa y su minecraft, y gastando divertidas chanzas a las chicas con las que se encontraba online.

Pero entonces llegó el día N y todo cambió.

Timmy vivía en una zona bien de la ciudad, que se pudo defender de los primeros saqueos y aun mantuvo su forma de vida durante los primeros meses. Cuando estos barrios, azuzados por el hambre, tuvieron que abrirse al resto de la ciudad, Timmy –como otros tantos- decidió echar la culpa de la situación al resto de ciudadanos.
En su momento quiso marcharse con sus amiguitos de ForoMotos, que partieron buscando un paraíso lejos de la chusma, pero sus padres no le dejaron. Creo que nunca se lo perdonó. Quizás por eso tuvieron una riña tan fuerte cuando le pidieron, además, que colaborase con el resto de ciudadanos en la Reconstrucción.
Dos días más tarde los padres de Timmy amanecieron muertos. Por supuesto, hubo sospechas y comentarios malintencionados, pero el recién organizado Departamento de Derecho decidió apiadarse de un pobre huérfano.

Al heredar, el pequeño Timmy dejo de ser pequeño, y su voz pasó de aflautada a rotunda, resonando en toda la ciudad.
Cuando la ciudad quiso organizar una policía y reabrir los juzgados él dijo “NO MANDAIS SOBRE MI”, he hizo llamar a los peores y más miserables asesinos para hacerle de guardia personal y permitirle imponer su ley.

Cuando los ciudadanos se plantearon reabrir los hospitales, él dijo “NO CON MI DINERO” y tomó los viejos edificios, saqueando las medicinas y vendiéndolas a precio de usura.

Así, el Gran Timmy se hizo rey de las ruinas que en un tiempo fueron Zaragoza, y reinó con puño de hierro durante tres largos años cargados de pesar.
Pero llegó una noche como ninguna otra, en la que la más absoluta oscuridad bulló con el batir de alas quitinosas y el brillo del negro recortado sobre el negro estelar.
Por primera vez el Departamento de Derecho elevó la voz y, con tono grave, nos advirtió: “No salgáis, pues la noche es oscura y encierra horrores; ¿quién sabe lo que nos deparan estos recién llegados?”

El gran Timmy, cargado de kilos, años y soberbia protestó desde su trono. “NO PODEIS DETENERME” – clamó, y reunió a su guardia para desfilar por la noche en la ciudad.

La gente no se atrevió a salir de sus casas, pero cuentan que oyeron gritos y sollozos, mezclados con el batir de alas y restallar de colas en la oscuridad. Al final escucharon pedir ayuda a Timmy en la calle. Luego lo escucharon pedir ayuda en el cielo. Y luego nunca más lo escucharon.
Pasada la consternación inicial hubo fiesta en las calles: prevalecimos ante el día N y habíamos prevalecido ante el tirano. Y aunque nunca volvimos a escuchar las alas en la oscuridad, el Departamento de Derecho decidió que aquellos ángeles de la noche debían sernos propicios.
Volvimos entonces a tallar el ángel custodio, y lo hicimos a la imagen y semejanza de aquellas siluetas negras que hacían bullir la noche con sus aleteos y chasquidos. Aún hay gente que, al ver la estatua, dice escuchar muy lejos y muy alto los lamentos de Timmy.

Pero estos no son los sollozos del gran Timmy cuando vio a los seres sin rostro despedazar a su séquito, sino el lloriqueo angustiado del pequeño Timmy, perdido en la noche y rodeado de aquellos ángeles de oscuridad.

Pero esos seres ya no nos dan miedo, porque entonan la misma promesa que nosotros; las mismas palabras que repite el Departamento de Derecho y el Consejo Vecinal; el mismo Salmo que recitan los comerciantes en el mercadillo y las siluetas nocturnas del teatro romano:

Zaragoza Prevalece.

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