Estimados amigos de Radio Valis:

Quería agradeceros el tiempo que me dedicasteis en antena durante el programa del 31 de noviembre. Siempre me hizo ilusión que hablasen de mí en la radio y me resultó muy emocionante.

Por supuesto, la fama no se me ha subido a la cabeza. Siempre he sido una persona muy humilde y, dado que en el programa sólo se escuchó mi voz, y tiendo a ser muy callada, ninguno de mis vecinos me ha reconocido.

Disfruto de la fama en secreto, hinchiéndome de orgullo cuando oigo a mis vecinos por el patio de luces, comentando mi aparición en la radio. También he sorprendido a compañeros del trabajo hablando de mí en la cafetería sin que supieran que estaba escuchándoles a apenas unos metros. Yo misma he grabado el programa y lo pongo continuamente en mi reproductor, me ayuda a dormir.

Sigo siendo la misma persona de siempre: sigo saludando a mis vecinos al cruzarnos en el ascensor y sigo pasando desapercibida en mis quehaceres diarios. Pero ahora, y gracias a vosotros, lo hago todo un poco más feliz. Incluso sonrío a la abuela del octavo, que huele tan raro y tiene ese caniche que siempre me ladra.

Sé que a vosotros os puede parecer insignificante, pero sabed que este pequeño empujón me ha dado la seguridad que hacía falta en mi vida. Al final he podido entrar a comprarme ropa sin pensar que las dependientas se rieran de mi aspecto, e incluso he reunido valor para quedar a tomar un café con un chico de mi trabajo del que estoy prendada.

Ayer mismo, volvía a mi casa al final de mi jornada de trabajo cuando me encontré con un joven en la parada del autobús; llevaba un chándal con pintas de caro, una abultada bolsa de deporte y escuchaba un IPod enganchado a su brazo por un brazalete de deporte. Supuse que habría apurado hasta el final en el gimnasio pijo que hay al lado de mi trabajo.

Al principio pensé que no había reparado en mí -esta gente nunca lo hace-, pero de repente se volvió, se quitó uno de los cascos y me dijo:

– ¿Ha escuchado usted el episodio de Radio Valis? El del 31, me refiero, no el del siluro.

Yo asentí callada, sonriendo.

– ¿No es increíble que gente como esa loca a la que entrevistaron esté entre nosotros? -admito que eso me molestó un poco, pero le dejé continuar- ¡Y la policía no hace nada! ¿Para eso les pagamos?

El hombre se volvió a poner el auricular y regresó a su mutismo, así que aproveché para deslizarme por el banco hasta su lado sin que se diera cuenta. Cuando notó mi rostro tan cerca del suyo, dio un respingo y me miró alertado. Me encanta cuando hacen eso.

– ¿Sabe? Esa de la que hablan -le dije, sin dejar de sonreír de oreja a oreja- soy yo.

El joven mudó el rostro y se alejó tan rápidamente que se cayó del banco, dándose con el culo en el suelo: fue realmente cómico. En el fondo me resultaba gracioso y atractivo, así que pensé en dejarlo ir y tal vez firmarle algún autógrafo.

Pero echó a correr, siempre lo hacen. Yo me levanté con parsimonia, comprobando que llevaba las jeringas y todos los materiales en el bolso, mientras él intentaba parar a los pocos coches que discurrían por la calle a esas horas: es un barrio muy solitario cuando se pone el sol.

Al final consiguió que le parase un coche patrulla, habló apresuradamente con un par de policías y señaló donde me encontraba. Los agentes le escucharon atentamente y vinieron hacia mí con cuidado, fingiendo cordialidad. Yo les saludé animadamente, esperé que se acercaran y saqué el revólver del bolso, descerrajándoles sendos tiros entre los ojos.

Quiero aclarar, antes de continuar, que estoy totalmente en contra de matar policías. Ellos velan por nuestra seguridad y el bien común, protegiéndonos de todas esas cosas que acechan en la oscuridad. Además, el día que les llamé porque mis vecinos de abajo tenían la música demasiado alta, consiguieron que la bajasen. Por eso siempre evito matarlos si no es totalmente necesario.

Cuando el joven vio que liquidaba a los policías, soltó un gritito -muy impropio para alguien que se queda en el gimnasio hasta tan tarde- , resbaló en el suelo mojado y empezó a huir de mí entre calles. Le disparé, pero él era más rápido y apenas le acerté en la pantorrilla, pero al menos me sirvió para poder seguirle la pista mediante el rastro de sangre.

Afortunadamente, la gente se vuelve muy tonta cuando tiene miedo: se metió en un callejón sin salida y, cuando me vio acercarme, se dedicó a chillar para que los vecinos le ayudasen o algo así. Al final le alcancé y me ocupé de él hasta que dejó de gritar y patalear. Me costó mucha menos dosis de lo normal, pero me sigo preguntando por qué se orinan encima cuando termino.

Volví a casa, satisfecha, y dormí de un tirón. Esta mañana me he despertado temprano y me la he pasado decidiendo que me pondré en mi cita con mi compañero de trabajo. Al medio día, sin embargo, he comenzado a oír sirenas y he visto una multitud de coches de policía acordonando mi edificio. Ahora mismo estoy encerrada en mi apartamento, alejada de las ventanas porque tendrán francotiradores apostados.

Tal vez los policías de ayer informaron, o quizás algún vecino llegó a ver algo… da igual: el caso es que mi identidad ya no es secreta. Lo que procede en este momento es dar un paso adelante y darles el espectáculo que esperan.

Si os soy sincera, llevaba preparando este momento desde hace años: explosivos en los cimientos, gas nervioso en las bocas de riego, las runas de sangre en esa esquina tan rara del ático –la que cambia de cóncava a convexa-, todo está listo para mi momento de gloria.

Pero, antes de despedirme para siempre, quería dejar esta carta, agradeciéndoos el tiempo que me brindasteis en antena el día 31. Nada de esto habría sido posible sin vosotros.

XOXO