Comienza otra maravillosa noche de invierno. Desde aquí puedo escuchar el ulular del viento barriendo a ráfagas la ciudad. Le acompaña una lluvia interminable que repiquetea sin cesar en nuestros tejados para caer, densa y oscura, anegando las empinadas calles. Creo que hablo por todo el mundo al decir que empezamos a echar de menos el verano.

Bueno, por todo el mundo menos por la anciana.

La anciana vive en ESA casa que la gente tanto evita. Hoy por hoy es la única inquilina, el edificio ya esta ruinoso y apunto de caerse. Los que la han visto dicen que aparenta ser joven, a lo sumo unos treinta años: pero si alcanzas a verla por el rabillo del ojo, o quizás ves su reflejo en algún espejo mal bruñido, distinguirás su piel apergaminada, su pelo ralo y descuidado y sus ojos lechosos. No obstante, a ella no le hace mucha gracia que la vean así, prefiere que la miren directamente a los ojos o no la miren.

En casa de La Anciana siempre son las cinco de la tarde del veintitrés de agosto de mil novecientos ochenta y siete, un domingo eterno, con un sol eterno tras los visillos. La gente cuenta que ocurrió algo espantoso y por eso se ha quedado así, pero la anciana siempre parece bastante tranquila, si no la miras de soslayo, claro. Cierto es que le afectó mucho que sus hijos crecieran, la abandonasen y murieran (no necesariamente en este orden), pero ella dice que esta bien así. De vez en cuando incluso cocina para ellos. Quizás es por esto que muchos afirman que en la casa de la anciana nada cambia nunca, jamás.

Pero eso no es del todo exacto: con el tiempo ha modernizado su televisor. También acumula revistas del Reader Digest, aunque siempre parecen viejas y amarillentas aun cuando las acabe de comprar. Tiene tantas que sólo las puede guardar amontonándolas en columnas por las esquinas del pasillo, como si fueran columnas kárksticas de papel.

No obstante, hemos de reconocer que si hay algunas cosas extrañas, como la programación de su televisión: en ella se emiten todos los capítulos olvidados de las series. ¿Recuerdas el episodio de fantasmas de “Verano Azul”?¿El capitulo de playa de “Los Ladrones van a la Oficina”?¿El programa de la Ruleta de la Fortuna donde un participante se suicidó? Pues los emiten continuamente en su casa.

Otro elemento particularmente incómodo de la casa de la anciana son sus armarios repletos de trastos. Aunque la mayoría son basura, si entras en casa de la anciana de seguro encontrarás algo tuyo entre los trastos, normalmente algo que hubieses perdido y olvidado. Y esto pasará aunque no quieras encontrarlo: especialmente si no quieres encontrarlo. Esto último nos lo afirmaron los policías que se atrevieron a entrar allí hace mucho tiempo.

Los agentes entraron un día porque los vecinos -en aquel entonces tenía- oyeron gritar a la anciana. Tras apenas cinco minutos los policías salieron llorando. Uno se descerrajó un tiro en la boca poco después. Los vecinos dijeron que esa noche -noche para ellos, claro, para la anciana siempre son las cinco de la tarde de ese día de agosto- que esa noche la oyeron reír y bailar como loca. Muchos se mudaron después de aquello.

¿Sabéis? En el fondo me alegro de este invierno frío, oscuro y húmedo. Creo que es mucho mejor que sufrir el viento y la lluvia que pagar el precio que pagó la anciana, aunque en su casa sea siempre el domingo veintitrés de agosto de mil novecientos ochenta y siete y el sol vespertino siempre brille tras los visillos.